Resumen
En el presente trabajo, el autor trata de repensar el
problema de las migraciones de las personas, en un mundo globalizado, pero con
culturas y costumbres diferentes
Abstract
In this paper, the author seeks to rethink
the issue of human migration in a globalized world characterized by diverse
cultures and customs.
HUIR DE LA NACIÓN
Por: IÑAKI VÁZQUEZ LARREA.
“Me
gusta imaginar un futuro, sin duda, muy lejano, donde no habría exilios, ni
guerras, ni invasiones, y tampoco naciones o fronteras. Lo que hoy es un oficio
marginal y raro, es el de ser extranjero, sería en esa época remota del futuro
algo común viviendo cómodamente su condición de extranjería. En cierto modo,
en ese mundo futuro todos serían extranjeros, habitantes de espacios no
marcados por la pertenencia a una nación, en los que mantendría sin frontera
formal alguna, una multitud de lenguas y costumbres heredadas”
Roger Bartra.
Para el antropólogo Roger
Bartra el oficio de ser extranjero, consiste en usar como instrumento de
pensar, una herramienta para entender el mundo en que vivimos, esa
distancia aumentada entre el yo y el entorno social. En el propio país, esa
distancia tiende a ser borrada cuando se asume una continuidad entre el
contorno social y el carácter de las personas que lo habitan.
Las reflexiones sobre
los viajes del El Oficio de ser extranjero (Reflexiones sobre el viajar), Anagrama,
Barcelona, 2026, pasan por los apegados a una patria (Emerson), los que
creen que ya lo tienen todo en su alma (Pessoa), los que siempre están viajando
(Santayana), los que desconfían de la identidad de su país (Chesterton), los
que son atraídos por el abismo (Baudelaire), los que temen a la muerte
(Callard), los que detestan el turismo (Silva-Herzog), los que abominan del
modelo simbólico que se hace de los lugares (Perry), los que exaltan la
esperanza en el cambio ( Bloch) , hasta los que desean ser extranjeros.
Esto
último significa, no solo una renuncia a la nación, sino sobre todo un rechazo
tajante del nacionalismo. La globalización capitalista parece llevar a las
culturas y a las naciones a un límite, al agotamiento de las diferencias, a la
escasez de regiones significativamente diferentes y a la semejanza entre
naciones. Pareciera que hemos llegado a esa “perenne identidad de todo”
a la que se refería Pessoa. Pero esto es solo una apariencia. El viajero que no
entiende más que su propia lengua, al atravesar fronteras encuentra muy difícil
observar las diferencias.
Queda atado a los valores
y señales globales que puede entender y con que se topa en los hoteles,
estaciones aeropuertos y restaurantes, la magia exótica de la nación que visita
le parece corroída por la cultura global. El viajero fundamentalista regresa a
su hogar con la intención de fortalecer y exaltar su propia cultura con un
patrioterismo que llega a ser fanático, por temor a que la globalización
aniquile los valores nacionales, como le ha parecido ver en su viaje.
En contraste, el viajero
relativista, que considera todas las culturas igualmente valiosas y rehúsa
buscar exotismos, llega a la conclusión de que todas tienen el mismo valor, sin
que en realidad haya conocido ninguna y sin que se haya percatado de que las
normas y los valores de cada una contradicen a los de otras. Para que su
relativismo funcione, debe hacerse la ilusión de que las normas que rigen a
cada nación son tan tolerantes y relativistas como las suyas, cosa que
evidentemente no es cierta. El problema se complica debido a que las fronteras
entre las diferentes culturas no son estables y definidas, lo que aumenta la confusión.
El relativismo es un laberinto sin salida.