Revista Nº48 "TEORÍA POLÍTICA E HISTORIA"

 

H. C. F.  Mansilla

 

¿Existe un futuro para el socialismo en América Latina?

Antecedentes, enfoques explicativos y falencias evidentes

 

Las perspectivas futuras del socialismo latinoamericano deben ser analizadas en tres campos diferentes: (1) en la esfera de la discusión trico-filosófica, (2) en el ámbito de las ideologías de movilización de masas con carácter redentorio y (3) en el terreno de las estrategias socialistas de alcanzar el poder como normativa predominante y a veces única, bajo un ropaje populista. En el primer caso las perspectivas son malas debido a la esterilidad del pensamiento teórico socialista. En el segundo las perspectivas son regulares, pues la movilización de masas mediante emociones y sentimientos tiene éxito solo en los primeros tiempos. En el tercer caso las perspectivas son relativamente buenas, como lo muestra la amplia imitación del modelo chino en varios países. Los procesos de modernización, la mejor educación y los contactos más estrechos con el mundo exterior podrían debilitar las perspectivas de éxito del socialismo.

 

Palabras-clave: burocracia   Cuba   futuro   populismo   socialismo   tradición autoritaria        

 

 

H. C. F.  Mansilla

 

Does Exist a Future for Socialism in Latin America?

Background, Explanatory Outlines, and Evident Failures

 

The future perspectives of Latin American socialism must be analysed in three different spheres: (1) in the field of theoretical-philosophical discussion, (2) in the camp of ideologies with a redemptory character, which are used for mass mobilization, and (3) in the field of socialist strategies, which under a populist look aim only at the achievement of political power. In the first case the perspectives should be considered as unfavourable because of the sterility of the theoretical socialist thinking. In the second case the perspectives can be seen as mediocre, because the mass mobilization through emotions and feelings can succeed only at the beginning of the mass mobilization process. In the third case the perspectives can be seen as relatively good, as we can appreciate in the broad imitation of the Chinese model in several countries. Modernization processes, a better education, and closer contacts with the external world can perhaps contribute to weaken the success perspectives of socialism.

 

Key words: authoritarian tradition   bureaucracy   Cuba   future   populism   socialism 

 

 

H. C. F.  Mansilla

 

¿Existe un futuro para el socialismo

en América Latina?

Antecedentes, enfoques explicativos y falencias evidentes

 

 

   En 1980 el gran estudioso de Hegel y Marx, el filósofo alemán Iring Fetscher, se hizo una pregunta similar, enfocada a nivel global[1]. Fetscher criticó severamente el socialismo realmente existente, como se denominaban a sí mismos los sistemas comunistas de Europa Oriental, pero defendió la concepción de un socialismo estrictamente racionalista, democrático y humanista, que debería surgir de una sociedad económicamente muy adelantada y próspera, protectora del medio ambiente y de los derechos inalienables del individuo, como la solución más justa y aceptable para el mundo moderno. Varios intelectuales, incluyendo figuras centrales de la Escuela de Frankfurt, siguen propugnando un socialismo al estilo de Fetscher como el paradigma más adecuado para el orden social contemporáneo[2]. A pesar del cariño y respeto que siempre me inspiró mi maestro Iring Fetscher, en este texto quiero exponer algunos datos y argumentos para impugnar la idea en torno a las bondades del socialismo, aunque este último sea considerado principalmente como un modelo especulativo para un porvenir incierto. Me basaré en datos empíricos y en la realidad de la vida cotidiana en regímenes socialistas, es decir en un plano que los intelectuales, aún los más ilustres, dejan de lado. Y también me parecen insostenibles las numerosas doctrinas que conciben una meta culminante para el desarrollo socio-político, como pueden ser también las versiones más racionales y refinadas de la filosofía de la historia. A más tardar desde Giambattista Vico (1668-1744), las discusiones en filosofía y ciencias sociales han conducido a cuestionar la validez de enunciados de cacter general, englobante y sistemático y a poner en duda la plausibilidad de leyes de evolución histórica de índole obligatoria[3]. Las siguientes aseveraciones, que están colmadas de generalizaciones y que, además, pretenden tener un cierto valor prostico, deben ser entendidas como meras hitesis provisionales, destinadas a ser reemplazadas por conocimientos y argumentos de mejor calidad y fundamentación.

 

Una visión general del significado de socialismo

 

   El futuro del socialismo en Arica Latina no parece promisorio. Este juicio sumario debe ser, sin embargo, diferenciado de acuerdo con los varios significados emparentados entre sí que cubren el mismo concepto. El panorama no es el mismo si consideramos las perspectivas inherentes a un régimen de socialismo de Estado (el caso de Cuba) o a los movimientos populistas inspirados o, mejor dicho, legitimados por vagos principios socialistas radicales. El porvenir del socialismo en cuanto teoría marxista y discusión filosófica en tierras del Nuevo Mundo es también incierto.

 

   Primeramente, hay que señalar que la noción de socialismo posee un contenido amplio y difuso. La doctrina y los postulados del socialismo marxista, originados en el clima histórico y cultural de Europa Occidental, juegan un papel que aún hoy posee una cierta importancia, pero deben competir con demandas y metas que tienen poco en común con la versión primigenia del marxismo, el cual, por ejemplo, tenía como prioridad central el objetivo de abolir la propiedad privada sobre los medios de producción como el camino más adecuado para la construcción de una sociedad verdaderamente humana y libre. Hoy en día los regímenes que todavía se proclaman a sí mismos como socialistas o comunistas, propugnan un orden social mixto, en el cual los empresarios privados y los impulsos del mercado libre juegan un rol decisivo y aparentemente irrenunciable, como es el caso de la República Popular China y de varios experimentos exitosos con características similares.

 

   En América Latina numerosos movimientos socialistas pretendían hasta aproximadamente 1989-1991 llevar a cabo una modernización acelerada de índole socialista, pero con elementos culturales de corte nacionalista, que estuviera orientada por los paradigmas de la industrialización, la urbanización, la racionalización de la vida cotidiana, la mejora y ampliación de los servicios sociales y el incremento del consumo masivo, pero preservando una cultura política tradicional, autoritaria y caudillista[4]. Estos intentos pueden ser calificados como sustancialmente fallidos, considerando en primer término la llamada Revolución Cubana, iniciada en 1959. Salvo el factor propagandístico y doctrinario – que posee una relevancia e influencia muy importantes –, la Revolución Cubana puede ser vista como un fracaso, medido este último por las esperanzas que despertó este proceso en sus inicios y por las propias metas normativas que la Revolución se impuso a sí misma, es decir mediante un procedimiento de crítica inmanente.

 

   En segundo lugar, hay que recordar que en América Latina y en el lenguaje cotidiano se entiende bajo el concepto gelatinoso de socialismo la superación de la herencia socio-cultural arrastrada desde la época colonial y, al mismo tiempo, la creación de una nueva consciencia colectiva con funciones identificatorias (aunque esta última se agote habitualmente en consignas anti-imperialistas de carácter emotivo-sentimental). Hasta hace pocos años, los intelectuales latinoamericanos eran inclinados a confundir el capitalismo con un ritmo de desarrollo lento e insuficiente y a presuponer que el socialismo era el camino dinámico y la posibilidad más realista de suprimir las diversas formas de dependencia que vinculan a América Latina con los países metropolitanos del Norte.

 

  En el habla popular socialismo tiene una connotación tan extendida como difusa, significando en realidad una ideología del anti-status-quo poco precisa, pero plena de emociones y nostalgias[5]. En los últimos tiempos han surgido asimismo fenómenos de cansancio con respecto al desenvolvimiento técnico-económico, fenómenos que se pueden percibir en gran parte del planeta y que perjudican al socialismo en cuanto la antigua ideología prototípica del progreso material. Los procesos de industrialización y urbanización como paradigmas supremos de desarrollo no gozan de la adhesión masiva de tiempos pasados. Los gigantescos daños ecológicos y la elevada tasa de incremento demográfico han originado un cierto malestar en torno a las metas y consecuencias de los decursos modernizadores. Los movimientos indianistas e indigenistas – la base del populismo izquierdista en el área andina – engendran una notable resonancia social porque apelan a contenidos y paradigmas premodernos. El malestar causado por la civilización metropolitana, especialmente por aquella versión de segunda clase que prevalece en América Latina, afecta también a todas las formas de socialismo, las que, durante décadas, gozaron de la reputación de encarnar la estrategia de desarrollo más dinámica para conseguir una modernidad técnico-económica, cultural, política e institucional.

 

   Los propios intelectuales progresistas comenzaron hace mucho tiempo con la tarea de dotar al socialismo que anhelaban con un contenido novedoso, de acuerdo con las inclinaciones postmodernistas y relativistas del día, pero conceptualmente muy diluido con respecto a la gran creación original de los padres fundadores Karl Marx y Friedrich Engels[6]. Por ejemplo: Norbert Lechner señaló en 1984-1986 que la consigna de “transformar el mundo” despertaba reacciones cada vez más escépticas. “La fe que depositáramos antaño en la fuerza de la voluntad política se ha diluido”[7]. Lechner continuó afirmando que la “sociedad latinoamericana ya sería demasiado compleja, demasiado entramada en un contexto internacional demasiado rígido, como para que pudieran introducirse cambios mayores; incluso un gobierno progresista tendría que contentarse finalmente con algunos cambios de tipo simlico”[8].

  

   A partir del colapso de los regímenes comunistas en Europa Oriental y la Unión Soviética (1989-1991), los “nuevos” experimentos socialistas propician, sin remordimientos ideológicos, un orden culturalmente colectivista y autoritario, pero con la preservación de la economía capitalista, como lo muestran los regímenes de Rusia, China, Vietnam y muchos populistas del otrora Tercer Mundo. En todo caso se puede ahora constatar, después de décadas de euforia revolucionaria, que las transformaciones radicales de la sociedad en el plano de la economía pueden convertirse en ilusiones anacrónicas, peligrosas y desacertadas. La política misma, en cuanto el esfuerzo colectivo por excelencia, emerge ahora como una actividad de importancia relativa, puesto que su capacidad para inducir cambios sociales dignos de este nombre sería limitada. Los populistas, advirtiendo este peligro, han volcado sus esfuerzos astutamente al terreno de la propaganda, el espectáculo, las relaciones públicas y la indoctrinación de masas ingenuas.

 

   Por todo ello veremos las perspectivas del socialismo latinoamericano, que son probablemente muy distintas entre sí, según los siguientes campos y niveles de análisis: (a) en la esfera de la discusión trico-filosófica, (b) en el ámbito de las ideologías de movilización de masas con carácter redentorio y (c) en el campo de las estrategias socialistas-populistas[9] de alcanzar el poder como normativa predominante y a veces única.

 

(a)   El futuro del socialismo en el campo de la producción teórica

 

   El futuro del socialismo en el marco de innovaciones tricas, de controversias profundas y de utopías fascinantes parece ser particularmente negativo. Una larga serie de factores apunta en esta dirección. Pensadores latinoamericanos inspirados en la doctrina marxista y en corrientes ideológicas afines no han enriquecido el debate trico a nivel mundial con una obra que se hubiese distinguido por ser un aporte genuinamente original. A pesar de la revalorización de los escritos de José Carlos Martegui[10] y del éxito de difusión alcanzado por los adherentes a la Teoría de la Dependencia (especialmente en el periodo 1960-1980), se puede aseverar que el socialismo latinoamericano no ha contribuido hasta ahora al desarrollo internacional trico en ciencias sociales mediante la inauguración de una nueva dimensión analítica, ni con teoremas innovadores, ni con cuestionamientos novedosos. Hay muchos trabajos que, ciertamente, proporcionan conocimientos valiosos en torno a problemáticas bien delimitadas, por ejemplo mediante la crítica de las posiciones contrarias, pero faltan aún los ensayos teóricos que abran nuevas perspectivas heurísticas, que signifiquen un adelantamiento cognoscitivo genuino y que sean reconocidos como tales por la comunidad científica internacional[11]. No hay indicios de que esta situación vaya a variar en un futuro previsible.

 

   La relativa esterilidad del marxismo latinoamericano debe ser vista en conjunción con la forma bajo la cual las ideas socialistas han sido recibidas en el Nuevo Mundo. Como todo pensamiento proveniente de ultramar, las teorías de Marx y de sus escuelas sucesorias han pasado por el tamiz dogmático-escolástico de la tradición católica hispanoamericana[12].

 

   Este legado ha generado a lo largo de los siglos XX y XXI una simbiosis curiosa, pero estable y, por lo demás, inevitable con el marxismo institucional de origen soviético: una combinación que ha producido en abundancia apologistas y glosadores, pero ningún renovador crítico. Las tradiciones culturales aún vigentes en el Nuevo Mundo favorecen una atmósfera fundamentalmente autoritaria y anticosmopolita, colectivista e iliberal, proclive al estatismo y al burocratismo. Esta predisposición significativa en favor de estructuras jerárquicas en teoría y praxis y hacia una visión fundamentalmente positiva de la ampliación del aparato estatal, constituye una especie de memoria colectiva de largo alcance. Esta misma inclinación al autoritarismo subyace al marxismo latinoamericano y a casi todas las tendencias que se consideran revolucionarias. El muy publicitado levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas (México) de 1994 no fue una excepción con respecto a esta afirmación[13]. Casi todas las concepciones teóricas marxistas y socialistas en el Nuevo Mundo están mucho más cerca del espíritu y del celo de la Contrarreforma que de las ideas e imágenes de la Ilustración, del racionalismo y del pluralismo.

 

   La recepción del corpus teórico marxista ha tenido lugar, por consiguiente, en medio de un contexto claramente premoderno, autoritario y escolástico que ha marcado la producción intelectual con el signo de lo heterónomo y epigonal. Salvo algunas excepciones dignas de mención[14], los marxistas latinoamericanos suelen aplicar mecánicamente los nones fijados oficialmente en los manuales o en los textos clásicos a la realidad de cada país, lo que incluye nolens volens la explicación del desarrollo histórico de estas sociedades según los modelos evolutivos y la periodización que Marx y Engels establecieron para Europa occidental. De similares principios santificados y administrados por la ortodoxia de los sacerdotes-ideólogos se derivan los conocimientos y la interpretación en torno a problemas como el rol de los partidos de izquierda, la función de los intelectuales en las luchas de clase, la significación del campesinado y su relación con el proletariado, el futuro de las periferias mundiales y la vinculación con los centros metropolitanos. Acerca de estas temáticas no han salido a luz análisis marxistas auténticamente novedosos, audaces y sin prejuicios eurocéntricos.

 

   Se puede objetar que estos reproches pertenecen a una etapa pretérita y felizmente superada del marxismo latinoamericano, pero lamentablemente no es así. Los comienzos de la Revolución Cubana, que coincidieron con un período de deshielo potico en la Unión Soviética, despertaron la impresión de un renacimiento creativo del marxismo latinoamericano, que pareció manifestarse en el estilo no convencional de los nuevos gobernantes cubanos, en los experimentos con una moral laboral más humanitaria[15], en la crítica efectuada por los cubanos contra la esclerosis de los otros partidos comunistas y en los espacios de libre actuación otorgados al arte, a la literatura y a las ciencias sociales. Todo esto, si existió realmente, duró muy poco. En más de sesenta años de existencia, la Revolución Cubana no ha generado hasta hoy un enfoque teórico o un pensador marxista dignos de ser tomados en cuenta por su originalidad o por su carácter heurístico. Por ello es imprescindible un breve vistazo crítico a las pretensiones de humanismo práctico y carácter novedoso de la Revolución Cubana. Este enfoque se basa ante todo en los primeros estudios críticos sobre este régimen, que tuvieron el mérito de no dejarse deslumbrar por las poderosas modas intelectuales de aquellos momentos y así nos dejaron un testimonio valioso de un auténtico espíritu crítico.

 

   El primer período de experimentación fue breve[16]. Los requerimientos de la acumulación forzada (decretada desde arriba), la amplia militarización de los sectores productivo y educativo y la dependencia de Cuba con respecto a la Unión Soviética condujeron a un amoldamiento del modelo cubano según la prosaica escala del entonces llamado socialismo realmente existente. Esto llevó al empobrecimiento del quehacer cultural y a la “normalización del debate teórico-filosófico, es decir a la práctica modesta de una exégesis conformista de los asuntos públicos de acuerdo a los mandamientos cambiantes de la autoridad suprema, la que en general imitó sin grandes modificaciones la normativa soviética. El plegarse a este retroceso cultural no les cayó como algo penoso y arduo a los intelectuales que en todos los países del continente se hallaban y se hallan en las cercanías de los partidos socialistas, comunistas y populistas, ya que todos ellos nunca se han distinguido por su independencia trica, o por su espíritu crítico, o por su actuación política responsable y autónoma. Como están hoy las cosas, es poco probable que en este campo ocurran grandes modificaciones en el porvenir inmediato, entre otros motivos porque el anticuado modelo cubano y el anquilosado paradigma populista siguen gozando de un notable afecto colectivo.  La influencia de los acontecimientos cubanos ha sobrepasado en mucho el campo de los asuntos internos de la isla. La Revolución Cubana sigue representando emocionalmente una instancia identificatoria de primer rango y autoridad intelectual para comunistas ortodoxos, marxistas independientes, teólogos revolucionarios, nacionalistas ardientes, populistas entusiasmados, anti-imperialistas de todo calibre y anarquistas mal informados. Todos ellos se han adherido hasta hoy a cualquier política practicada por el gobierno de La Habana con la misma intensidad e ingenuidad del primer momento.

 

   Desde un comienzo todos los dirigentes cubanos han patrocinado abierta e inequívocamente la identificación total de los intereses individuales con aquellos del Estado, la subsunción de las libertades de los ciudadanos bajo la voluntad del gobierno, la omnipotencia de los cuadros burocráticos, los gerentes empresariales y los oficiales de las fuerzas armadas y finalmente la soberanía irrestricta de la cúpula estatal. De esta última se dice que no requiere de ninguna justificación mediante elecciones o algún otro método democrático, puesto que la victoria militar y el juicio de la historia habrían ya otorgado suficiente legitimidad al régimen revolucionario por un tiempo indefinido[17]. A esto hay que añadir fenómenos como la falta de tribunales independientes, la tuición mezquina del trabajo intelectual, la esterilidad de la vida cultural fomentada por el Estado y el ínfimo peso real de las asambleas populares y de otros órganos legislativos. Lo que prevaleció durante mucho tiempo fue la potestad carismática e ilimitada de los hermanos Castro y la carencia de garantías constitucionales y jurídicas para el individuo. Todo esto no hubiera sido posible sin un sustrato religioso de corte conservador, que permeaba la sociedad cubana desde antes del proceso revolucionario.

 

   El desinterés completo que ha exhibido el régimen cubano en lo concerniente al florecimiento de un marxismo original y creativo, al análisis sobrio del presente y al bosquejo de una utopía aceptable, está estrechamente vinculado con la escasez de valiosos testimonios culturales desde aproximadamente 1965: la esterilidad de la literatura y del arte oficialmente aprobados equivale a la ausencia de espíritu crítico en las ciencias sociales toleradas desde arriba, las que no sobresalen ni siquiera por su volumen cuantitativo. Ahora bien, esta carencia de contribuciones tricas, de controversias libres y públicas y de medios pertinentes de comunicación (como revistas científicas exentas de la censura oficial) no es percibida como tal en el marco del marxismo y populismo latinoamericanos, porque el examen no convencional de la herencia cultural y la discusión abierta de cuestiones sobre las que hay disenso, constituyen fenómenos que no han brotado de las propias tradiciones intelectuales del Nuevo Mundo y que, en el fondo, han sido importados junto con los modelos de pensamiento afines al racionalismo, a la Ilustración y al liberalismo. La tendencia al consenso compulsivo y al descuido de las labores crítico-intelectuales, que fomentan casi todos los regímenes populistas y socialistas, preparó el advenimiento de nuevos credos religiosos que privilegian un confuso comunitarismo místico-sensual (como las diferentes denominaciones pentecostalistas) y contribuyó a la consolidación del infantilismo político de dilatados sectores poblacionales[18].

 

   En América Latina las corrientes marxistas han perpetuado el viejo legado histórico-cultural de un modo indirecto y, por ello, altamente efectivo. Sus nones petrificados en doctrinas reputadas como verdaderas conforman una mixtura híbrida de pautas de acción y reflexión autoritarias con un leninismo dogmático y una racionalidad meramente instrumentalista, pese a las lecturas de Antonio Gramsci y pensadores similares[19]. Esta combinación favorece un modelo de modernización centrado en los aspectos técnico-económicos, descuidando deliberadamente los procesos de democratización. Se podrá argüir que este estado de cosas ha sido dejado atrás por el desenvolvimiento contemporáneo de los partidos de izquierda en América Latina, pero unos pocos ejemplos notables no pueden alterar en un breve lapso de tiempo los valores de orientación que están bien arraigados en la mentalidad colectiva. Partidos socialistas, movimientos populistas e ideólogos marxistas continúan con las faenas de manipular los fragmentos de la cultura potica del autoritarismo, los resentimientos históricos de las masas y las populares consignas anti-imperialistas – tareas en las que exhiben una destreza envidiable –, con la intención de acrecentar la fuerza del propio partido, consolidar la identificación de amplios sectores del pueblo con esos mbolos (cuya interpretación se arrogan) y sugerir a la opinión pública mal informada la creación de una teoría explicativa original y novedosa.

 

   El desinterés por el auténtico trabajo crítico-analítico, la transformación de las labores intelectuales en una estrategia para ganar y conservar el poder político y los lazos demasiado estrechos con in pasado totalitario, que se ha vuelto relativamente obsoleto, impiden hasta ahora que el marxismo latinoamericano obtenga una comprensión teórica adecuada de los problemas centrales del presente y que pueda elaborar propuestas fructíferas de solución para ellos[20]. Durante los siglos XX y XXI los marxistas latinoamericanos no anticiparon ni ahora estudian convenientemente las cuestiones fundamentales contemporáneas, como la crisis ecológica, el agotamiento de recursos naturales y enerticos, la utilización excesiva de los suelos agrícolas, la explosión demográfica, el advenimiento de la economía informal, los excesos de las estructuras administrativas burocratizadas, lo anacrónico del estatismo, la irrupción de corrientes indigenistas y regionalistas y la difícil determinación del lugar y carácter de una clase obrera declinante en medio de estructuras productivas sometidas a un rápido proceso de conversión.

 

   En lo referente a estas temáticas relativamente nuevas, el pensamiento latinoamericano que se reclama de revolucionario desiste de todo análisis genuinamente crítico y reproduce más bien los estereotipos de la consciencia popular del Nuevo Mundo. Marxistas y católicos reiteran la misma apología de un rápido crecimiento poblacional porque este sería un excelente factor anti-imperialista de desarrollo. A la misma índole argumentativa pertenece la trivialización de la temática ecológica. El concepto de que podrían existir mites al crecimiento ha sido calificado tempranamente como absurdo. Los límites serían en realidad meras limitaciones del modo capitalista de producción. Los daños infligidos al medio ambiente constituirían un fenómeno pasajero que no habría que dramatizar. Un ordenamiento socialista eliminaría todos los grandes desequilibrios ecológicos, máxime si América Latina poseería una inagotable profusión de recursos naturales y enerticos[21]. Representantes marxistas y nacionalistas de la Teoría de la Dependencia supusieron igualmente que los problemas ecológicos y demográficos configuran una variable subordinada a la evolución social y política, problemas que podrían ser “controlados” adecuadamente por medio de una planificación global. Un tratamiento conservacionista de los ecosistemas naturales y una preocupación persistente por los factores contaminantes serían un lujo que las naciones latinoamericanas no deberían permitirse[22].  Hoy en día (2023), básicamente en la misma línea, pero con argumentos más refinados, se asevera que lo realmente importante sigue siendo la preocupación por los mecanismos clásicos de explotación económica, es decir la crítica actualizada de “la propiedad privada como robo”, la “extorsión de la plusvalía”, la “unidimensionalidad de la sociedad consumista” y “el espectáculo triunfante de la mercancía”[23], y lo negativo seguirían siendo la “égida de las democracias representativas” y “una economía globalizada”[24]. Los estudios que alertan sobre los inminentes peligros de una catástrofe ecológica constituirían una mera “literatura derrumbista”[25], una lamentable “colapsología”[26], que no debería ser tomada en serio.

 

   La base que subyace a todas estas doctrinas es el enlazamiento inextricable de una racionalidad concebida solo como instrumental con una tradición cultural nacionalista y autoritaria, que no es puesta en duda porque coadyuva a fortalecer la vigencia de los partidos socialistas y populistas, a afianzar su autoridad de modo prelógico (es decir en la triste realidad cotidiana: muy efectivo) y a ahorrarles el penoso trabajo del análisis crítico. Este último elemento tampoco abunda en los testimonios de la Teoría de la Dependencia, el aporte más importante y original de América Latina a la discusión sobre teorías del desarrollo en las décadas de 1960-1980[27]. Las obras de esta escuela tienen sin duda el mérito de haber investigado y expuesto las relaciones asimétricas que existen entre las periferias del Tercer Mundo y los centros metropolitanos, especialmente en el terreno del comercio exterior, y lo que esta desigualdad habría significado para que se produzca un subdesarrollo inducido presuntamente desde afuera. Pero salvo este acierto, los fundamentos conceptuales de la Teoría de la Dependencia repiten una característica sintomática del marxismo y de las doctrinas social-revolucionarias latinoamericanas: se puede afirmar que su intención crítica se queda en medio camino al omitir en su análisis las causas del atraso que han sido inducidas internamente, como la herencia socio-cultural, la mentalidad colectivista y conservadora, en muchos territorios la dotación insuficiente con recursos naturales y suelos agrícolas y la concepción restringida de modernización en sentido meramente instrumental.

 

   Las perspectivas mediocres del socialismo en cuanto trabajo teórico deben ser consideradas dentro de este contexto. Una porción significativa de los actuales problemas latinoamericanos proviene de una tradición colectivista e irracionalista, de un proceso de urbanización tan rápido como caótico, de los inmensos desarreglos ecológicos causados por el Hombre en las últimas décadas del siglo XX, de la atolondrada rapiña cometida con respecto a los recursos naturales y de la descomposición del antiguo y sabio ritmo de vida. Es decir, las adversidades que atormentan ahora al Nuevo Mundo dimanan – por lo menos parcialmente – de una modernidad reciente y de segunda clase y no de la preservación de un ordenamiento tradicional, pre-industrial y supuestamente estancado. Las concepciones marxistas más usuales hasta 1989-1991 sobre el destino socialista-comunista del mundo son responsables por haber divulgado, bajo el manto de la cientificidad más estricta, algunos lugares comunes acerca de la realidad latinoamericana que bien poco tienen que ver con los hechos. Por ello puede ser calificadas como teorías que no tienen un futuro brillante.

 

   La relativa declinación actual del marxismo ha estado conectada, desde un comienzo, con las insuficiencias de esta teoría en el terreno de la praxis democrática. Es verdad que Marx criticó claramente la exaltación del Estado llevada a cabo por G. W. F. Hegel (el Estado como la realidad de la idea moral)[28], postulando más bien la reeducación del Estado por parte del pueblo, pero posteriormente se decantó por una centralización estricta del poder político en un Estado que estuviera por encima de aquellos mecanismos liberal-democráticos – los resabios anacrónicos – que podrían restringir las potestades de un gobierno socialista. La fascinación por un Estado unitario fuerte y absorbente, que ha sido una normativa constante de los movimientos socialistas, comunistas y populistas, empezó por el propio Marx, como lo reconocen sus admiradores[29]. Durante el tiempo de su actividad periodística más intensa (1849), Marx publicó varios artículos enalteciendo los estados centralizados de Prusia y Austria y descalificando las pretensiones democráticas de los pueblos eslavos, escandinavos y húngaros, que no habrían tenido la capacidad histórica y cultural de las naciones germánicas para construir estructuras estatales vigorosas y centralizadas[30]. En los primeros años de la Revolución Cubana la apologista más conocida del régimen, Martha Harnecker, aseveró que el ciudadano debe esperar todo de un Estado vigoroso y sin fisuras, y no emprender iniciativas individuales fuera de las instrucciones de las autoridades[31].

 

   En el siglo XXI la concepción de que se puede planificar la historia desde un centro omnisciente y domeñar la naturaleza desde directivas gubernamentales, empieza a caer en descrédito. Los pocos intelectuales críticos en el Nuevo Mundo comienzan a desconfiar de categorías universalistas y totalizadoras en el referente a la historia, la ética, la educación y la política, porque ellas, después de todo, han configurado la exitosa ideología justificatoria de la civilización metropolitana e industrial, y han hecho posible, en su campo, la pretensión occidental de ejercer un dominio mundial. Por otra parte, hay que considerar que casi todos los sistemas políticos que propugnan un clima artificialmente armonicista y encubren los conflictos en su interior, han resultado ser poco flexibles ante los cambios sociales y tecnológicos y por ello no pueden adoptar a tiempo las medidas necesarias en caso de declinación.

 

   El marxismo, a causa de su déficit explicativo en lo concerniente a fenómenos político-institucionales, de su reduccionismo economicista y de su ceguera frente a asuntos étnico-culturales, no tiene ninguna oferta para entender e interpretar la eclosión actual de movimientos ecologistas e inclinaciones regionalistas autonómicas[32]. Por todo ello es probable que el futuro del socialismo en cuanto producción teórica sea – como hasta ahora – relativamente oscuro.

 

(b)   Socialismo en cuanto ideología de los desclasados y desamparados

 

   En la esfera de las ideologías capaces de movilizar efectivamente las masas por medio de elementos redentorios, las perspectivas del socialismo latinoamericano son mejores, es decir, pueden ser vistas como regulares, como un camino que tiene sus éxitos, pero también sus límites. Hay que considerar, sin embargo, que los triunfos y fracasos de una determinada estrategia de desarrollo dependen en cierta medida de mo son percibidos por sectores sociales importantes. En el caso de regímenes populistas, por ejemplo, estos y sus programas de desarrollo son vistos a priori por los estratos populares como algo aceptable y recomendable, lo que tiene que ver directamente con un fundamento protorreligioso – probablemente en disminución a causa de los procesos de modernización, mejor educación e intensos contactos con el mundo exterior –, que aún es vigoroso en América Latina. Esto se ha podido observar en el área andina en 2022-2023 con las grandes movilizaciones de masas, que no tienen un programa claro, pero que viven todavía hoy inmersas en un memorial de agravios, que es fomentado por un sustrato religioso, a menudo no consciente.

 

    En una atmósfera social influida todavía por valores religiosos surge el mito de la redención política mediante acciones casi siempre heroicas y revolucionarias, dirigidas a menudo por el hombre providencial, acciones que tratan de conducir a un nuevo paraíso, es decir: al tiempo ideal de la fraternidad ilimitada, que es, en el fondo, el retorno al presunto orden primigenio de una igualdad fundamental. Este orden idealizado estaría exento de las alienaciones modernas y las perversidades del individualismo egoísta. Como señaló Enrique Krauze, esta vocación redentoria y revolucionaria se da en un continente que conserva “un celo apostólico y un espíritu de sacrificio propio de una cultura fundada en el siglo XVI por frailes misioneros”[33].

 

   Los practicantes de este fervor religioso suponen aún hoy que la verdadera evolución política es idéntica a la voluntad de Dios o, en términos seculares, a la voluntad de la historia universal. Vox populi vox Dei. Pero esta voz, para convertirse en acción manifiesta, requiere de la interpretación de una iglesia o de los intelectuales que hablen a nombre de ella. Pese a los aditamentos intelectuales de dudosa calidad, el resultado final es similar a los impulsos religiosos y a los mitos tradicionales que prevalecen desde hace siglos. Y para encarnarse en la realidad estos mitos presuponen la acción de los auténticos redentores, los grandes héroes que “cumplen una misión trascendental para la cual están dotados del fuego divino”[34]. Desde el siglo XIX la función y las características de estos superhombres han variado poca cosa. Distinguidos pensadores de muy diferente proveniencia ideológica, como Carlos Cullen, Enrique Dussel, Orlando Fals Borda, Ezequiel Martínez Estrada y Leopoldo Zea, han celebrado sus virtudes: los caudillos son vistos como los seres llamados por Dios para corregir por cualquier medio a una sociedad que habría perdido sus genuinas normas de justicia. Ellos tienen el trágico destino de cargar con los pecados de su pueblo y, guiados por los imperativos de la tierra y por el ethos latinoamericano, llevan a buen término la sagrada misión de combatir el “imperialismo” del Norte y sus valores de naturaleza egoísta y foránea.

 

   Pero, como afirma Krauze, la fe en la redención no es la fe en la democracia[35]. Como toda creencia dogmática, los credos políticos de contenido redentorio carecen de la proporcionalidad de los medios. A menudo predican un “odio intransigente al enemigo”, que puede transformarse fácilmente en una “fría máquina de matar”, como lo propugnó Ernesto Che Guevara en su conocido Mensaje a la Tricontinental. Estas construcciones de ideas muy populares en un medio impregnado por una religión absolutista reproducen un esquema evolutivo simple, pero muy arraigado en la consciencia colectiva. El desarrollo humano empieza en un paraíso de la igualdad, la fraternidad y la prosperidad, adonde hay que regresar después de pasar por el valle de lágrimas que representa la sociedad clasista y egoísta. Enrique Krauze señaló acertadamente que el ambiente en el cual florecen estas concepciones radicales y estos líderes heroicos adopta un carácter apocalíptico: la certidumbre de que la revolución total es inminente[36]. El camino al calvario puede estar acompañado de violencia extrema – la “cuota de muerte y sus tragedias inmensas”, como dijo Guevara –, cuya responsabilidad reside en los otros, en los explotadores. Aquellos que nos muestran el sendero correcto son una especie de mártires, a quienes corresponde nuestra admiración y gratitud, y de ninguna manera nuestra distancia analítica o nuestra desconfianza ética. Por ello los redentores políticos están a menudo por encima de toda crítica.

 

   Muchas doctrinas redentorias e ideologías progresistas han sido inspiradas por el amor al prójimo y por la santa ira que ocasionan las innumerables injusticias de este mundo, pero el resultado global no es favorable a un orden social moderno, democrático y pluralista. Algo de esto podemos percibir en la evolución de la Revolución Cubana[37]. En terreno de la cruda realidad se puede decir que el sistema socialista cubano ha preservado de modo verdaderamente notable los rasgos característicos de la herencia ibero-católica: el centralismo, el autoritarismo, el entusiasmo ciego de las masas adoctrinadas (hasta que se agravaron los problemas económicos) y el dogmatismo arrogante de los dirigentes. Este régimen, de acuerdo a su propia tendencia evolutiva, ha transformado al estamento militar en el sector más dinámico y sustancial, pero no en el más eficiente, de la sociedad cubana. Aún hoy es innegable su influencia decisiva sobre el trabajo gubernamental, la gerencia de los asuntos económicos y los contenidos de las actividades educativas. Todo esto es legitimado con un discurso del sacrificio y del deber sagrado que conserva reminiscencias religiosas, muy bien utilizadas por la jefatura del régimen revolucionario[38].

   No sólo la miseria, sino más bien el presunto saber colectivo en torno a otra realidad y la correspondiente agitación revolucionaria de partidos y movimientos reivindicatorios (la mayoría de ellos de izquierda) producen una situación de crisis generalizada que se hace progresivamente insostenible dentro del marco de las estructuras y los valores prevalecientes. En esta atmósfera florece una ideología radical que ofrece un doble consuelo a los explotados y a los oprimidos, a los desheredados y a los humillados (para hablar en términos bíblicos): la construcción de un nuevo orden social basado en la justicia y en la aniquilación de los privilegios subsistentes y la introducción de un credo simple, conmovedor y vigoroso, que propone una subversión del orden social por ser este básicamente injusto. Las incursiones de la modernidad técnica y económica no han logrado suprimir la necesidad de dogmas que pretenden dar respuestas simples a problemas existenciales y emocionales de gran complejidad.

 

   Los procesos de marginalización, pauperización y desorientación afectan también a algunos sectores de los estratos medios, que en América Latina a veces han sido una fuente importante de movimientos mesiánico-políticos, sobre todo en lo que se refiere a la juventud universitaria. Hoy en día se manifiestan como corrientes politizadas superficial pero intensamente y bajo el manto de una ideología radical-socialista que favorece un generoso uso de la violencia. Su crecimiento está vinculado a un relativo estancamiento de la economía, a la reducción de las estructuras productivas y al aumento del desempleo, aunque factores culturales y social-psicológicos también han fomentado su expansn. Numerosos grupos de los estratos medios permanecen en un estado que puede ser calificado de una predisposición a la esquizofrenia social, la misma que forma el cleo de las ideologías de movilización más o menos exitosas: la conjunción de consignas anti-imperialistas y contra el status quo (que están envueltas en una loable nebulosidad conceptual) con programas altisonantes (e irreales) para un futuro visto como promisorio y con elementos sustanciales de la cultura potica del autoritarismo (preservada justamente por medio de normas, valores y actitudes reputadas como positivas por estos movimientos, como es el caso del caudillismo carismático). Los miembros de los estratos medios en peligro de marginalización orientan sus pautas de consumo y gratificación de acuerdo con los parámetros de la civilización norteamericana, mientras que en su comportamiento potico mantienen una fidelidad ejemplar hacia la tradición hispano-católica.

 

   Aunque parezca extraño, los movimientos guerrilleros han exhibido algunos resquicios sólidos de una tradición religiosa dogmática y autoritaria, y también algunas de estas incongruencias de la mencionada predisposición a la esquizofrenia social en un grado intenso. Su propaganda ideológica y su discurso identificatorio han estado centrados en torno a valores como igualdad, solidaridad, fraternidad, justicia social inmediata y anti-imperialismo práctico. Este aparato doctrinal coexiste paradójicamente con una jerarquía interna piramidal, severa e inescapable, calcada en modelos militares de la índole más convencional y reaccionaria. En todos los movimientos guerrilleros latinoamericanos las élites directivas han gozado de una autonomía muy dilatada en la determinación de objetivos, estrategias y políticas, además de una serie de privilegios muy codiciados en la vida cotidiana. Mientras que los jefes se han destacado por su sed de publicidad, su narcisismo y su esritu elitario de aventuras, las masas se ejercitan en las virtudes – usuales entre la gente modesta – de la obediencia, la frugalidad, la valentía y la docilidad. A pesar de sus expresiones anticonvencionales, las guerrillas latinoamericanas muestran la persistencia de las relaciones de dominación y subordinación, la necesidad de jerarquías y élites y la amplia aceptación que tienen las estructuras verticales y las prescripciones éticas de catecismo dentro de movimientos consagrados profesionalmente a combatir el llamado status quo[39].

 

   Este modelo, que asigna tan desigualmente poder, prestigio y prerrogativas a un grupo pequeño y obligaciones, fatigas y privaciones a uno mucho mayor, ha resultado ser bastante popular y relativamente exitoso (tanto en el reclutamiento de adherentes como en el favor de los desheredados), porque prosigue sin ruptura alguna una tradición socio-cultural fuertemente arraigada y porque sugiere a las masas una esperanza mesiánica que parece estar al alcance de la mano. Estas ideologías de movilización con mensaje redentorio (superficialmente secularizado) se combinan cabalmente con los fragmentos dogmáticos del catolicismo habitual, con los momentos irracionalistas, colectivistas y anti-individualistas de la herencia ibérica, con la continua popularidad del caudillismo político, con las propensiones al uniformamiento institucional y cultural y finalmente con la inclinación al estatismo en cuanto dechado de organización gubernamental.

 

   Esta ideología de los desamparados con tintes mesiánico-religiosos emerge con inusitado vigor y periódicamente en la región andina, por ejemplo en el Perú. Se trata a veces de rebeliones populares de gran escala, como la que ocurrió en enero-febrero de 2023. No hay duda de la legitimidad de muchas de las demandas de los sublevados, que viven en condiciones deplorables y que no han sido los beneficiarios del progreso material, estratos que habitan el ámbito de la informalidad económica, pero que han desarrollado aspiraciones comprensibles de ascenso social y consumismo masivo. Es relativamente fácil censurar la actuación verdaderamente irresponsable y desproporcionada de las fuerzas del orden al reprimir estos conatos revolucionarios, pero al mismo tiempo habría que analizar las características a menudo irracionales, arcaizantes y violentas de los manifestantes, que no respetan ni comprenden los intereses y los valores de orientación de otros grupos sociales. Los sublevados configuran una masa humana proclive a ser manipulada por dirigentes de la izquierda tradicional, cuyas metas programáticas, muchas de ellas irreales y desautorizadas por la historia reciente, parecen coincidir con los anhelos de los desheredados del país. Estos últimos, por lo menos parcialmente, están inmersos en un infantilismo político muy emotivo, en un descontento existencial impredecible, que puede ser manejado por agentes inescrupulosos[40]. Hay que señalar que la fuerza propagandística y la irradiación geográfica de esta ideología de los desamparados puede ir disminuyendo con los avances de la modernización y urbanización, con una mejor educación y con la multiplicación de contactos con el ancho mundo.

 

   Para redondear este acápite sobre la función redentoria de las tendencias socialistas, populistas y afines, es útil mencionar a la Teología y Filosofía de la Liberación. De acuerdo a esta concepción, el núcleo de la genuina identidad latinoamericana estaría constituido por el ritualismo y el comunitarismo de las religiones precolombinas, el catolicismo ibérico tradicional, el barroco en cuanto forma original de síntesis cultural y los modelos de conviven­cia de las clases populares, presuntamente incontaminadas por la perniciosa civilización occidental moderna, individualista y egoísta. El punto más importante, sobre todo a los ojos de sus adherentes en el área andina, es la oposición entre dos culturas en el mismo suelo latinoamericano: una superficial y vistosa, demoníaca y mundana, inauténtica y elitaria, producto de la civilización decadente de Europa, y otra cultura profunda y medio oculta, de origen indígena, pero que viene de abajo y está apegada a la tierra y comprometida con el aquí y el ahora[41]. Esta última cultura es la que representa la “alternativa real”, pues su “metafísica alteridad” garantizaría su cualidad como “lo Otro” con respecto al ámbito moderno y capitalista[42]. Estas teorías propagan un dualismo entre lo positivo que es la “alteridad” (la esfera de la verdad, la solidaridad con los pobres y explotados, la utopía y la revolución promisoria) y lo negativo que es la “totalidad” (la propiedad privada como fuente de todos los males, el egoísmo de las élites y la mentira del individualismo). El “pueblo” representaría el soporte de la alteridad. Según el representante más ilustre de la Filosofía de la Liberación, Enrique Dussel, los indígenas y los trabajadores explotados – en cuanto los integrantes más destacados del “pueblo” – poseen aún las raíces telúricas que les permiten ser los portadores del “proyecto de liberación”[43], opuesto diametralmente al incriminado modelo occidental, aunque permanezca en una nebulosa conceptual. En los países andinos, como en aquellos en que florecieron notables civilizaciones, se extiende además el convencimiento de que los elementos más valiosos del saber autóctono y sus logros civilizatorios más notables han sido confiscados por el colonialismo europeo y norteamericano. Esta concepción radical pasa por alto el hecho de que la mayoría de los habitantes de América Latina transita cotidianamente entre los dos campos; hasta los indígenas del área andina tienen como metas normativas de desarrollo los logros técnico-económicos de la detestada civilización occidental. Aquí reside uno de los problemas más importantes de esta temática: las mismas personas que se orientan por los valores del modelo occidental en el terreno tecnológico y económico, son partidarias de las concepciones premodernas y autoritarias cuando se trata de la esfera de la política o de la familia.

 

   En vista de esta extensa gama de apoyos y afinidades, la atracción de estas ideologías autoritarias con barniz socialista está garantizada aún por largo tiempo, aunque se trata probablemente de un fundamento inseguro e inconfiable para la construcción de un socialismo acorde con los requerimientos del siglo XXI. Entre los desamparados y desheredados de las sociedades latinoamericanas florece evidentemente una afición a las utopías románticas, aunque los resultados de estas últimas han sido casi siempre decepcionantes.

 

(c)   Socialismo en cuanto modelo populista de ordenamiento social

 

   En el siglo XXI la atracción de los paradigmas socialistas convencionales y rutinarios se ha reducido notablemente, pero la mixtura de planteamientos socialistas con prácticas e imágenes populistas, nacionalistas y tradicionalistas ha resultado ser muy exitosa. Por todo esto el análisis del futuro del socialismo no puede pasar por alto la variante populista que se reclama de socialista, aunque los marxistas ortodoxos nieguen con vehemencia la pertenencia de este modelo al campo tradicional del socialismo. Por ello es indispensable una breve recapitulación de los populismos latinoamericanos.

 

   Carlos de la Torre caracterizó al populismo como una estrategia política para alcanzar el poder; sus líderes buscan el apoyo directo, no mediado por instituciones ni reglas, de un gran número de seguidores en principio desorganizados. Ideologías y programas juegan un papel secundario, por lo cual resulta difícil clasificar a los experimentos populistas dentro del espectro convencional de izquierdas y derechas. La etapa movilizadora abarcaría “la exaltación discursiva del pueblo”, que consiste en el entusiasmo de gente habitualmente poco interesada en cuestiones público-políticas. En todo caso, las consigas y estrategias populistas dejarían al descubierto las carencias, los silencios y los errores de la democracia liberal. El concepto de pueblo, muy utilizado por los movimientos populistas, queda casi siempre en una proverbial oscuridad, con tendencia a englobar todo lo que no constituye específicamente las élites empresariales y las dirigencias políticas opuestas a la corriente populista[44].

 

   Loris Zanatta demostró que para tener éxito los movimientos populistas presuponen un orden más o menos democrático, donde la demanda de ampliar el espacio público-político y extender la ciudadanía política y social se convierte en algo apremiante, aunque se trata de postulados de contenido nebuloso, pero muy atrayentes para la mentalidad popular. En muchos casos los movimientos populistas surgen como promesas de rescate de una soberanía popular presuntamente incautada y luego enajenada por la élite tradicional[45].

 

   No hay duda de que todos los regímenes populistas intentan debilitar o hacer superfluas las estructuras de intermediación político-institucionales. Las jefaturas populistas sostienen, por lo general, que estas estructuras confiscan o, por lo menos, debilitan el poder soberano del pueblo en beneficio de las élites tradicionales. Las ideologías populistas manipulan exitosamente el imaginario colectivo al pretender la abolición de la distancia entre gobernantes y gobernados, postulado que casi siempre ha gozado del fervor popular y cuya capacidad de movilización social no necesita ser mencionada con más detalle. Valiéndose de tecnologías modernas, los populistas han sabido instrumentalizar muy eficazmente amplias redes sociales, a través de las cuales las jefaturas hacen circular bienes materiales y simbólicos en favor de los más pobres y vulnerables, con lo que consiguen establecer vínculos estables y fuertes de lealtad y obediencia hacia las cúpulas benefactoras.

 

   Lo común a los regímenes populistas y socialistas son la inclinación antipluralista, la tendencia anti-meritocrática y la función integradora de la ideología movilizadora. Esta última se manifiesta en el intento de restablecer una armonía primigenia que dormita en el alma colectiva, amenazada por los efectos corrosivos y cosmopolitas de los procesos de modernización. El populismo constituye una forma actualizada de un sentimiento esencialmente conservador y religioso, basado en una solidaridad mecánica y dirigido contra la sociedad abierta y plural del presente y contra los elementos distintivos del liberalismo. Los regímenes populistas aparecen a menudo como un proceso de inmersión en los valores y las prácticas de la religiosidad popular. Estos modelos tienen un arraigo popular porque rechazan los elementos racionales y modernos del quehacer político, como el debate permanente y la lucha abierta de intereses divergentes, que una buena parte de la población considera como un proceso negativo, innecesario y engorroso.

 

   Todo esto puede parecer a primera vista como un modelo social y cultural opuesto a lo propiciado por la teoría marxista y las prácticas socialistas. Pero en la cruda realidad, los gobiernos comunistas y sus intelectuales progresistas han aplicado los elementos del populismo en la vida social de su respectivo país, y lo han hecho con una intensidad que demuestra la pervivencia de factores tradicionalistas, autoritarios y protorreligiosos en el seno de los experimentos socialistas. Ambos paradigmas, por ejemplo, comparten la creencia muy difundida de que la democracia pluralista moderna constituye una forma excesivamente complicada, racionalista y, por lo tanto, extranjerizante de tratar los asuntos de Estado, que debería ser reemplazada por un sistema basado en la confianza y no en el disenso, un modelo, por ende, más acorde con las emociones de la población y con una versión idealizada de la soberanía popular, por encima de las contiendas de intereses. En el trasfondo emerge una voluntad general de corte rousseauniano. Se trata de un imaginario colectivo con claros rasgos premodernos, religiosos y familiares, que pretende el restablecimiento de una armonía primigenia, la cual estaría en peligro por la acción combinada del cosmopolitismo, el liberalismo y la globalización. Los sistemas populistas y los socialistas refuerzan un ámbito de ideas y sentimientos favorable a la homogeneidad social y la simplicidad ideológica, afín a la solidaridad mecánica y más cerca de la comunidad preburguesa y pre-industrial que de la sociedad moderna.

 

   En suma: todos estas herencias culturales y prácticas políticas tienen, por lo menos en parte importante, el favor de la mayoría de la población. Por ello es que los regímenes populistas y sus estrategias de comunicación y movilización sociales son exitosas y pueden disfrutar de una perspectiva futura de éxito material. En varios regímenes populistas-izquierdistas de África y América Latina la popularidad y la estabilidad de los mismos tienen que ver, paradójicamente, con una colaboración constante entre el Estado y las mafias modernizadas, que se consagran a actividades ilegal-delictivas en el seno de la economía informal (contrabando, narcotráfico, proliferación de armas, trata internacional de personas y explotación de recursos como oro, tierras raras y afines). El relativo éxito del socialismo-populismo mafioso se basa en la creación de empleos precarios (en una época de desempleo masivo) por medio de la economía informal, en la carencia de valores normativos de largo plazo (como la ética de la responsabilidad) y en la persistencia de factores como la indiferencia infantil por cuestiones público-políticas y las ansias de un consumismo irracional.

 

   Esta perspectiva de éxito emerge claramente en el modelo chino de la actualidad. En este caso específico no se puede hablar de populismo en el sentido que el concepto ha adquirido en América Latina, pero otras facetas del sistema chino son similares a las del populismo del Nuevo Mundo. Tempranamente (1990) Thomas Heberer sostuvo que el régimen mixto (socialismo autoritario en la política, capitalismo irrestricto en la economía), instaurado en China después de la Gran Revolución Cultural Proletaria (1966-1976), era una tecnocracia modernizante, que utilizaba profusamente elementos disciplinarios de la tradición china, como una visión estrecha de la ética confuciana, para disminuir las fricciones sociales, abaratar costos y crear la ilusión de un modelo civilizatorio original, que preservaría lo más valioso del propio legado histórico de esa nación[46]. En la actualidad (2023) no hay duda alguna acerca del éxito del modelo chino y de su posible difusión a gran parte del mundo. En este sentido se puede hablar de que una forma específica de socialismo tiene todavía un gran futuro por delante. El modelo chino, que dosifica cuidadosamente la herencia confuciana, prescribe un tratamiento paternalista destinado al grueso de la población. Al mismo tiempo enaltece las glorias de la tradición nacional china, pasa por alto las derrotas de esta nación en los conflictos internacionales, minimiza el rol de los opositores políticos y santifica la función de las jerarquías rígidas en los ámbitos económico-empresarial y político-institucional. El muy probable éxito de este modelo a nivel planetario se deriva de su carácter conservador-tradicionalista, lo cual siempre tiene resonancia en los estratos sociales con menor nivel educativo. La ideología oficial china preserva, además, la ideología armonicista que fue propagada durante siglos por los gobiernos imperiales y por sus intelectuales oficialistas.

 

   Por todo ello se puede afirmar que la combinación de (a) elementos antiguos de índole conservadora y autoritaria con (b) una estructura económica abierta a las innovaciones tecnológicas y organizativas, y todo esto con una vaga ideología socialista, sobre todo presente en los signos externos, tiene asegurada una recepción muy favorable en buena parte del mundo. Por ello se puede aseverar que el socialismo del modelo chino y los regímenes populistas que lo imitan parcialmente, van a tener un cierto éxito en las próximas décadas. No es, por supuesto, el “reino de la libertad”, que Marx concibió como realización del socialismo.

 

Conclusiones provisionales

 

   En varios países las élites asociadas al neoliberalismo y a la economía de libre mercado han tenido un historial particularmente mediocre en el campo de la ética social y en el desempeño técnico de las funciones gubernamentales. El descalabro del sistema tradicional de partidos tuvo lugar paralelamente al desprestigio de aquellas modernas élites tecnocráticas, como parecen ser los casos agudos de Bolivia, Nicaragua y Venezuela[47]. No se trata sólo de la gestión económica de los regímenes liberal-democráticos, considerada ahora como deficiente, sino de una decepción cultural muy amplia, percibida como tal por la mayoría de la población. Y esto es lo preocupante. Se puede afirmar que la gestión deficitaria de los partidos asociados al neoliberalismo no fue el único factor que desencadenó la desilusión colectiva. La presión demográfica, las demandas de las nuevas generaciones y de los grupos que pugnaban por reconocimiento, trabajo y bienestar, el resurgimiento de las identidades indígenas y la lucha por recursos naturales cada vez más escasos han promovido efectivamente una decepción casi ilimitada con respecto a lo alcanzado y a lo alcanzable en los terrenos social, económico y político. No se trata, en el fondo, de una apreciación objetiva de parte de las masas (los resultados del neoliberalismo no fueron tan negativos en ninguno de los países mencionados), sino de cómo el desarrollo histórico es visto por amplios sectores sociales. Y esta percepción colectiva es muy desfavorable al conjunto político-ideológico que hoy se denomina neoliberalismo. No hay duda de que las corrientes populistas y socialistas han desplegado un notable virtuosismo al conformar y manipular las imágenes públicas ahora predominantes en torno a los logros y fracasos del neoliberalismo. Hay que mencionar, ante todo, las destrezas de los partidos populistas al aprovechar las oportunidades de ganar adherentes en medio de una atmósfera generalizada de frustraciones colectivas, marginación socio-económica real y resentimientos ficticios o imaginarios que prevalecían entre las masas latinoamericanas a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Al perfilarse paulatinamente estos problemas en el horizonte político, las élites tradicionales no pudieron esbozar una solución adecuada ni tampoco un imaginario colectivo más o menos favorable a sus intereses.

 

   Como se sabe, en numerosos países latinoamericanos dilatados sectores populares perciben que existe una brecha creciente entre el juego político cotidiano y las imágenes idealizadas de la democracia, entre el funcionamiento efectivo de las instituciones y las expectativas de la población. Aunque la realidad siempre es algo muy complejo y polifacético (el “fracaso” de la democracia representativa liberal es una tesis hábilmente difundida por sus adversarios), los estratos con nivel educativo inferior tienden a creer que existe un muro artificial, creado por los intereses del “sistema”, que los separa de las bendiciones de la modernidad y de la dignidad social. Los gobiernos populistas y socialistas aparecen entonces como el camino más seguro y promisorio de acceso a estos bienes materiales e ideales que las élites tradicionales presuntamente les escatiman desde tiempos inmemoriales.

 

   En las periferias mundiales el socialismo en cuanto proceso de modernización de corte instrumentalista ha tenido una significación mucho mayor que la doctrina emancipatoria del marxismo original. El principio del “desarrollo pleno y libre de cada individuo” (Karl Marx)[48] ha permanecido como postulado trico, y no ha sido tomado en serio ni por los partidos que se reclaman de marxistas ortodoxos ni por los intelectuales progresistas. La ética humanista, la aceptación de la democracia pluralista, la estimación de la autonomía individual como el valor más elevado y el considerar la técnica y la economía como medios para fines más nobles, constituyen fenómenos que en América Latina han surgido fuera del socialismo inspirado por ideas marxistas.

 

   Por todo lo expuesto es probable, por lo tanto, que el futuro del socialismo sea mediocre en cuanto a teoría, pero sus posibilidades son ciertamente mejores como estrategia tecnocrática de modernización con ribetes populistas. Las perspectivas del socialismo pueden ser vistas como regulares en el campo prosaico de la seducción de masas desfavorecidas. Los procesos de modernización, la mejor educación y los contactos más estrechos con el ancho mundo podrían debilitar todas las perspectivas de éxito del socialismo y populismo, pero esta es tal vez una ilusión optimista[49].



[1]   Iring Fetscher, ¿Tiene un porvenir el socialismo?, en: NUEVA SOCIEDAD (Caracas), Nº 50, septiembre-octubre de 1980, pp. 25-40, especialmente pp. 38-39.

.

[2]   El testimonio más notable de este postulado es: Axel Honneth, Die Idee des Sozialismus. Versuch einer Aktualisierung (La idea del socialismo. Una tentativa de actualización), Berlín: Suhrkamp 2017; Axel Honneth, Recuperar el socialismo, Madrid: Akal 2022.

 

[3]   Sobre Vico cf. los ensayos fundamentales de Isaiah Berlin, Against the Current. Essays in the History of Ideas, Londres: Hogarth 1980, pp. 111-129.

 

[4]   Para la historia de los movimientos socialistas y comunistas en Arica Latina cf. los tempranos estudios, muy bien documentados: Boris Goldenberg, Kommunismus in Lateinamerika (Comunismo en Arica Latina), Stuttgart: Kohlhammer 1971; Richard E. Kiessler, Krise und Dilemma des orthodoxen Kommunismus in Lateinamerika (Crisis y Dilema del comunismo ortodoxo en Arica Latina), en: Klaus Lindenberg (comp.), Politik in Lateinamerika (Política en Arica Latina), Hannover 1971, pp. 99-114.

 

[5]   Sobre esta temática cf. los escritos pioneros: Helen Desfosses / Jacques Levesques (comps.), Socialism in the Third World, New York: Praeger York, 1975, pp. V-VIII; cf. también algunas observaciones interesantes en: José Aricó, Marx y Arica Latina, Lima: CEDEP 1980; Carlos Franco, Del marxismo eurocéntrico al marxismo latinoamericano, CEDEP, Lima: CEDEP 1981; José Aricó, El marxismo en Arica Latina, en: SÍNTESIS (Madrid), N° 5, mayo/agosto de 1988.

 

[6]   La concepción optimista del progreso histórico en la doctrina marxista está representada en el amplio volumen: Karl Marx / Friedrich Engels, El manifiesto comunista, edición crítica de Wenceslao Roces, Madrid: Cenit 1932, que contiene numerosos textos de los comentaristas autorizados entonces por la ortodoxia moscovita.

 

[7]   Norbert Lechner, Reflexiones sobre estilos de desarrollo y visiones del futuro, en: Enzo Faletto / Gonzalo Martner (comps.): Repensar el futuro. Estilos de desarrollo, Caracas, Nueva Sociedad / UNITAR/PROFAL, 1986, p. 27; cf. la brillante obra: Norbert Lechner, La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, Santiago de Chile, FLACSO 1984, passim.

  

[8]   Lechner, Reflexiones..., ibid., p. 27.

 

[9]   Esta denominación puede parecer curiosa y hasta fuera de lugar, pero la experiencia práctica nos muestra su existencia más o menos estable en varios países, como por ejemplo en Nicaragua y Venezuela.

 

[10]   Cf. entre otros: Martín Bergel, El socialismo cosmopolita de José Carlos Mariátegui, en: NUEVA SOCIEDAD (Buenos Aires), Nº 293, mayo-junio de 2021; Antonio Melis, Leyendo Mariátegui, Lima: Amauta 1999; y la obra clásica: José Aricó (comp.), Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México: Pasado y Presente 1981.

 

[11]   En el seno de la comunidad latinoamericana de intelectuales izquierdistas ha faltado una corriente crítica como la desarrollada en Francia por François Furet (1927-1997). Cf. por ejemplo: François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México: FCE 1995; François Furet, La revolución a debate, Madrid: Ediciones Encuentro 2000.- Tampoco se dio una tradición que ponderase ventajas y desventajas de la magna concepción del Padre Fundador, como: Gareth Stedman Jones, Karl Marx. Ilusión y grandeza, Madrid: Taurus 2018.

 

[12]   Cf. los primeros estudios sistemáticos en torno a la tradición centralista, dogmática y católica hispanoamericana, que no han perdido vigencia intelectual: Claudio Véliz, The Centralist Tradition of Latin America, Princeton: Princeton U. P. 1980; Howard J. Wiarda (comp.), Politics and Social Change in Latin America. The Distinct Tradition, Amherst: Massachusetts U. P. 1982; Manfred Mols, Demokratie in Lateinamerika (Democracia en Arica Latina), Stuttgart: Kohlhammer 1985; James M. Malloy (comp.), Authoritarianism and Corporatism in Latin America, Pittsburgh: Pittsburgh U. P. 1977; Richard M. Morse: El espejo de Próspero. Un estudio de la dialéctica del Nuevo Mundo, xico: Siglo XXI, 1982; Torcuato S. Di Tella, Autoridad y liberalismo en la tradición política latinoamericana, en: Francisco Orrego Vicuña (comp.), Transición a la democracia en Arica Latina, Buenos Aires: GEL 1985, pp. 47-55.

 

[13]   Yvon Le Bot, El sueño zapatista. El Subcomandante Marcos, Barcelona: Anagrama 2006.

 

[14]  Los marxistas latinoamericanos de inclinaciones críticas pueden ser equiparados a la posición de Terry Eagleton, Por qué Marx tenía razón, Barcelona: Península 2011.

 

[15]   Cf. por ejemplo la investigación bien documentada: Robert M. Bernardo: The Theory of Moral Incentives in Cuba, Tuscaloosa: Alabama U. P. 1971.

 

[16]   Sobre este período de la Revolución Cubana cf. los estudios entretanto clásicos de Rolando E. Bonachea / Nelson P. Valdés (comps.), Cuba in Revolution, New York: Doubleday 1972; Carmelo Mesa-Lago (comp.), Revolutionary Change in Cuba, Pittsburgh: Pittsburgh U. P. 1971.

 

[17]   La élite dirigente cubana posee todas las características de una clase estatal burocrática, cuyo dominio se funda en el derecho de disponer soberanamente (es decir: por derecho quasi-divino) sobre la economía y la administración pública. Acerca de esta temática cf. la obra básica, que sigue vigente: Hartmut Elsenhans, Abhängiger Kapitalismus oder bürokratische Entwicklungsgesellschaft (Capitalismo dependiente o sociedad burocrática en vías de desarrollo), Frankfurt / New York: Campus 1981, p. 23, 149.

 

[18]    Entre otras razones porque la constelación social contiene tendencias colectivas poderosas que propugnan una satisfacción inmediata de pulsiones materiales y sensuales de poca monta. Cf. Luis Madueño, El populismo quiliástico en Venezuela. La satisfacción de los deseos y la mentalidad orgiástica, en: Alfredo Ramos Jiménez (comp.), La transición venezolana. Aproximación al fenómeno Chávez, Mérida: Universidad de Los Andes / Centro de Investigaciones de Política Comparada 2002, pp. 47-76, especialmente pp. 70-71.

 

[19]   Sobre esta temática cf. Juan Carlos Portantiero, Los usos de Gramsci [1977], Buenos Aires: Grijalbo 1999, sobre todo el capítulo II, pp. 77-141; Enzo Faletto, Qué pasó con Gramsci, en: NUEVA SOCIEDAD (Caracas), Nº 115, septiembre-octubre de 1991, pp. 90-97.

 

[20]   Como ejemplo de esterilidad erudita en conjunción con pretensiones explicativas globalizantes cf. Pablo González Casanova, Un pensamiento propio para una revolución propia latinoamericana, en: PENSAMIENTO INDO-AMERICANO (México), vol.  XX, N° 88, agosto de 1986, pp.  27-36; Pablo González Casanova (comp.), Cultura y creación intelectual en América Latina, xico: Siglo XXI 1984.

 

[21]   Cf. los testimonios anti-ecológicos de proveniencia izquierdista, que, con variantes, se extienden hasta el presente: Francisco Szekely (comp.), El medio ambiente en xico y Arica Latina,xico: Nueva Imagen 1978; lio Jaguaribe, El equilibrio ecológico mundial, en: PENSAMIENTO POLÍTICO (México), vol. XII, N° 46, febrero de 1973, pp. 235-254; Celso Furtado: El Club de Roma: anatomía de un grupo de presión, xico: Síntesis 1980.

  

[22]   Osvaldo Sunkel, Del medio ambiente al ambiente entero: bases para alternativas de desarrollo sostenible, en: Gonzalo Martner (comp.), El desafío latinoamericano. Potencial a desarrollar, Caracas: Nueva Sociedad / UNITAR / PROFAL, 1987, p. 172: “Los problemas ambientales suelen atribuirse en cierta literatura – especialmente la que tiene su origen en los países desarrollados – al excesivo crecimiento y densidad demográficos. En contraste, en nuestro trabajo asignamos un rol causal protagónico a las características del estilo de desarrollo [es decir: al capitalismo]”.- En la misma línea: Martha Cárdenas (comp.), Política ambiental y desarrollo. Un debate para Arica Latina, Bogotá: FESCOL/INDERENA 1986; Luis Vitale, Hacia una historia del ambiente en Arica Latina, México: Nueva Sociedad / Nueva Imagen 1983.

 

[23]   Renaud García, Colapsología: ¿una mutilación de la ecología?, en: NUEVA SOCIEDAD (Buenos Aires), Nº 303, enero-febrero de 2023, pp. 130-143, aquí, p. 131.

 

[24]   Ibid., p. 136.

 

[25]   Ibid., p. 137.

 

[26]   Ibid., p. 130.

 

[27]   Cf. los análisis tempranos: Jaime Osorio Urbina, El marxismo latinoamericano y la dependencia, en: CUADERNOS POLÍTICOS (México), N° 39, enero-marzo de 1984, pp. 40-59; Joseph Hodara, La dependencia de la dependencia, en: APORTES (París), N° 21, julio de 1971, pp. 10-16; José Serra / Fernando Henrique Cardoso, Las desventuras de la dialéctica de la dependencia, en: REVISTA MEXICANA DE SOCIOLOGÍA (México), vol. 40 (1978), número especial E, pp. 9-54.

  

[28]   Karl Marx, Kritik der Hegelschen Staatsphilosophie (Crítica de la filosofía hegeliana del Estado), en: Karl Marx, Die Frühschriften (Escritos tempranos), edición crítica de Siegfried Landshut, Stuttgart: Kröner 1964, pp. 20-149, aquí p. 33, 87, 136; Karl Marx, Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie (Sobre la crítica de la filosofía hegeliana del derecho), en: ibid., pp. 207-224.- Contra Hegel, Marx enfatizó la necesidad de mantener la diferencia y la distancia entre el plano del Estado y el campo de la sociedad para garantizar un orden social democrático.

 

[29]   Ralph Miliband, Marx und der Staat (Marx y el Estado), Berlín: Merve 1971, passim.

 

[30]   Cf. por ejemplo: Karl Marx / Friedrich Engels, Werke (Obras), Berlín: Dietz 1965, vol. 5, pp. 393-394, 455; vol. 6, pp. 149-150, 170-176, 280-286.

 

[31]   Martha Harnecker (comp.), Cuba, ¿dictadura o democracia?, México: Siglo XXI 1975, p. 26.

 

[32]   Cf. algunos testimonios críticos de antiguos marxistas: Aníbal Quijano, Las ideas son cárceles de larga duración, en: LA CIUDAD FUTURA. REVISTA DE CULTURA SOCIALISTA (Buenos Aires), N° 2, octubre de 1986, pp. 21-22; Norbert Lechner, De la revolución a la democracia, en: ibid., pp. 33-35; José Aricó / Waldo Ansaldi, Debemos reinventar Arica Latina, pero... ¿desde qué conceptos “pensar” América? en: DAVID Y GOLIATH. REVISTA DE CLACSO (Buenos Aires), vol. XVI, N° 49, julio de 1986, pp. 3-16.

 

[33]   Enrique Krauze, Redentores. Ideas y poder en América Latina, Barcelona: Debate 2011, p. 14.

 

[34]   Ibid., p. 500.

 

[35]   Ibid., p. 459.

 

[36]   Ibid., p. 353; cf. también pp. 347-349, 352-354.

 

[37]   Cf.  las obras (de muy distintas líneas ideológicas) que no han perdido vigencia y que iluminan las primeras etapas de la Revolución Cubana, impregnadas por un claro fervor religioso: Jorge I. Domínguez, Cuba: Order and Revolution, Cambridge: Harvard U. P. 1978; Robert A. Packenham, Dependencia capitalista y dependencia socialista. El caso de Cuba, en: REVISTA OCCIDENTAL (Tijuana / México), vol. 4 (1987), N° 1, (= 11), pp. 31-40; Martha Harnecker (comp.), op. cit. (nota 27), pp. 176-179; Richard F. Fagen, Constantes en la política revolucionaria, en: David Barkin / Nita R. Manitzas (comps.), Cuba: camino abierto, México: Siglo XXI 1974, pp. 319-321.-.Sobre la militarización del trabajo en los primeros años de la Revolución, justificada mediante argumentos pseudo-religiosos, cf. René Dumont, Cuba, est-il socialiste?, París: Seuil 1970, caps. VI & VII.

 

[38]   Hans Magnus Enzensberger, Bildnis einer Partei Vorgeschichte, Struktur und Ideologie der PCC (Retrato de un partido. Prehistoria, estructura e ideología del PCC), en: KURSBUCH (Frankfurt), N° 18, (1968), pp. 210-222; algunos datos interesantes en: Carlos Franqui, Retrato de familia con Fidel, Barcelona: Seix Barral 1981, p. 151, 205, 518.

 

[39]    Sobre esta temática verdaderamente terrible cf. los testimonios tempranos de: Jaime Arenas, La guerrilla por dentro. Análisis del ELN colombiano, Bogotá: Tercer Mundo 1971; Gonzalo Sánchez / Ricardo Peñaranda (comps.), Pasado y presente de la violencia en Colombia, Bogotá: CEREC 1986; Felipe MacGregor et al. (comps.): Siete ensayos sobre la violencia en el Perú, Lima: APEP / Fundación Friedrich Ebert 1987.

 

[40]    Para una versión distinta de la aquí presentada, cf. María Sosa Mendoza, El embrollo peruano. Protestas, “terruqueo” y represión, en: NUEVA SOCIEDAD (Buenos Aires), enero de 2023: www.nuso.org/articulo/Peru-Boluarte-crisis/  [consultado el 31 de enero de 2023].

 

[41]    Rudolfo Kusch, América profunda, Buenos Aires: Bonum 1975, pp. 89-92, 124-127.

 

[42]    Enrique Dussel, Filosofía de la liberación, Bogotá: Universidad Santo Tomás 1980, p. 90.

 

[43]    Ibid., p. 89.

 

[44]   Carlos de la Torre, ¿Por qué los populismos latinoamericanos se niegan a desaparecer?, en: ESTUDIOS INTERDISCIPLINARIOS DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE (Tel Aviv), vol. 19, Nº 2, julio-diciembre de 2008, pp. 7-28, aquí pp. 10-11.

[45]   Loris Zanatta, El populismo, entre religión y política. Sobre las raíces históricas del antiliberalismo en América Latina, en: ESTUDIOS INTERDISCIPLINARIOS DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE, vol. 19, Nº 2, julio-diciembre de 1008, pp. 29-44, aquí pp. 30-33.

[46]   Thomas Heberer, Chinesischer Sozialismus = sozialistischer Konfuzianismus? (El socialismo chino = ¿confucianismo socialista?), en: Ulrich Menzel (comp.), Nachdenken über China (Reflexiones sobre China), Frankfurt: Suhrkamp 1990, pp. 126-140.

 

    [47]   Cf. Carlos de la Torre / Enrique Peruzzotti (comps.), El retorno del pueblo. El populismo y las nuevas democracias en América Latina, Quito: FLACSO 2008; Kurt Weyland / Carlos de la Torre et al., Releer los populismos, Quito: CAAP 2007; Rafael Quinteros, El mito del populismo, Quito: Abya Yala 2005.

[48]    Karl Marx, Nationalökonomie und Philosophie (Economía política y filosofía = Manuscritos de París) [1844], en: Karl Marx, Die Frühschriften, op. cit. (nota 28), pp. 225-316, aquí p. 238.

 

[49]   Según Juan Carlos Portantiero, a la teoría política del socialismo le sobró Rousseau, le faltó Locke y fue tentada por Hobbes. .Juan Carlos Portantiero, Socialismo y construcción de un orden político democrático, en: Hilda Sábato / Marcelo Cavarozzi (comps.), Democracia, orden político y parlamento fuerte, Buenos Aires: Centro Editor de Arica Latina 1984, p. 28.