Revista Nº17 "CULTURA Y POLITICA"
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Resumen

Según los heterogéneos estilos de cada país, la mujer musulmana no puede exhibir el cuerpo para seducir a los hombres. Esta tradición, sin embargo, permite el velo (hiyab) como símbolo de dos posturas: signo de pertenencia a la religión islámica, y rechazo a la occidentalización de sus costumbres. Muchas mujeres de hoy han aceptado esta usanza sin convencimiento, sólo a efectos de resaltar su identidad frente a un racismo que se hace sentir en algunas sociedades occidentales. El presente artículo analizará esta cuestión.

 

Abstract

According to heterogeneous styles in each country, Islamic women are not allowed to exhibit their bodies in order to seduce men. This tradition, however, allows the veil as a symbol of two things: a sign of belonging to Islamic religion and rejection to westernize their habits. Many women in the present have accepted this habit (usage of a veil) without being convinced of it just to remark their identity in some racist western societies. This article will analyze this issue.

 

 

 

VELO ISLAMICO: LA DIFERENCIA CULTURAL COMO FACTOR DE IDENTIDAD

                      Por JAVIER MAROTTE[*]

 

 

"...El problema no es en absoluto el choque de las civilizaciones. Es el choque de las ignorancias...".

Edward Said (2001)

 

1.- Introducción:

Según los heterogéneos estilos de cada país, la mujer musulmana no puede exhibir el cuerpo para seducir a los hombres. Esta tradición, sin embargo, permite el velo (hiyab) como símbolo de dos posturas: signo de pertenencia a la religión islámica, y rechazo a la occidentalización de sus costumbres. Muchas mujeres de hoy han aceptado esta usanza sin convencimiento, sólo a efectos de resaltar su identidad frente a un racismo que se hace sentir en algunas sociedades occidentales.

         En el trasfondo se asienta el gran desafío al que se enfrenta Europa: el encaje del Islam en los estados laicos y la integración exitosa de esta minoría que ya cuenta con una segunda generación de jóvenes ciudadanos que, nacidos en suelo europeo, ansían adquirir similares niveles de bienestar que el resto de sus compatriotas, así como conservar sus profundas raíces culturales y religiosas. El debate se halla vinculado a cuestiones conexas, tales como el rol de las mujeres musulmanas, la oposición entre el comunitarismo y la política de asimilación, la confusión frecuente entre musulmanes, árabes y magrebíes y la realidad o no de la amenaza islámica y de la islamofobia en tiempos de la globalización.

         Hoy podemos asegurar que la política francesa de asimilacionismo (cinco millones de musulmanes) no ha tenido el éxito esperado, más aún se da por naufragada. En Francia contabilizamos cuatro generaciones y sin embargo se produjeron las revueltas de las periferias (banlieus); es por ello, que la sociedad sigue inquiriéndose si el Islam guarda afinidad con la República laica. Asimismo, el modelo del multiculturalismo (1,6 millones de musulmanes en Gran Bretaña) asoma libre de complicaciones.

         Las discusiones vinculadas a la portación en las escuelas del hiyab, la pretensión de no consumir cerdo y sí carne halal (sacrificada y procesada conforme con todos los requisitos del rito musulmán), la negativa a vestir uniforme de gimnasia y a ser atendidas por ginecólogos varones subsisten en varios países, robusteciendo de modo permanente la imagen conflictiva del Islam. La percepción de que los deberes religiosos de esta confesión quebrantan la igualdad de los derechos de la mujer y la libertad individual se aduna a la opinión de que, como en el asunto de las caricaturas de Mahoma, los mahometanos insisten en imponer a los Estados europeos reivindicaciones políticas y culturalmente caprichosas y sorprendentes. El Islam desde el 11-S es objeto de permanente sospecha. Cada atentado, cada noticia que informa de la participación de un imán en actividades violentas o en la divulgación del sexismo es un nuevo demérito a la estereotipada imagen de esta religión.

         ¿Es el velo símbolo de la diversidad religiosa y cultural o de la represión de la mujer? En el siglo XXI el hiyab tiene múltiples interpretaciones pero nunca fue un imperativo del Corán. En el trabajo podremos advertir que el profeta Mahoma no impuso ninguna obligación de uso o de un arquetipo de indumentaria; llevar velo no está en la lista de los preceptos del Islam. El significado de portar velo ha cambiado en las últimas décadas, esencialmente desde la revolución iraní de 1979, momento en el cual los integristas y fundamentalistas[1] lo utilizan como un signo de distinción para reafirmar su identidad y la pertenencia a un credo; pero el velo, es asimismo una expresión de oposición política a los regímenes vigentes en los Estados árabes y a Occidente -mirado como cínico sustento de los gobiernos absolutistas del mundo árabe y musulmán-, al que culpan de de la decadencia actual de esa región (Naïr, 2007); es una prueba del problema que existe entre Occidente y el islam. Finalmente,  analizaremos  si el velo oprime a la mujer y si  prohibirlo conculca la libertad.

2.- Una aproximación histórica al hiyab: El hiyab[2] es, de modo general, un código de vestimenta islámica el cual impone que debe cubrirse la mayor parte del cuerpo femenino y que en la práctica, se hace ostensible mediante diferentes tipos de prendas, según regiones y épocas. En sentido restringido, designa un atavío concreto moderno, llamado también velo islámico. El término hiyab procede de la raíz aŷaba, que significa "esconder", "ocultar a la vista" o incluso "separar": da lugar también a palabras como "cortina" o "pantalla", y por tanto su campo semántico es más amplio que el del castellano "velo. El término “hijeb[3] aparece en el Versículo 53 de la Sourat 33 del Corán y refiere a la “cortina” detrás de la cual es más “puro” hablar con las esposas del profeta si uno está de visita en su casa.

Qué es lo que el Islam dice sobre el velo?:

…Deben bajar sus túnicas externas desde su cabeza sobre su rostro. Esto es más conveniente para que sean así reconocidas y no molestadas. Pues Al-lah, es el Sumo Indulgente, Misericordioso.” (Capítulo 33- versículo 60).

Y di a las mujeres creyentes que recaten su mirada y protejan sus partes privadas, y no muestren su belleza y sus adornos, excepto lo que sea visible de ellos, y coloquen sus velos sobre sus pechos, y no muestren su belleza y sus ornamentos más que a sus maridos…” (Capítulo 24-versículo 32).

 

Otros textos religiosos dicen:

Cuando Rebeca levantó los ojos, vio a Isaac y bajó del camello. Entonces, dijo a su siervo: “¿Quién está caminando para vernos?” Y el siervo dijo: “Es mi dueño”. Entonces, cogió su pañuelo para cubrirse la cabeza”. (Génesis 24:64-65).

Pero cualquier mujer que reza o profetiza con su cabeza al descubierto, avergüenza a su propia cabeza. Pues, es lo mismo como si ella misma (la mujer) tuviera la cabeza rapada. Pues, si una mujer no se cubre, que sea rapada. Pero, si es una desgracia para la mujer ser rapada o afeitada, que se le cubra. Pues es una deshonra para la mujer que se rape o afeite, que se cubre”. (I Corintios 11:5-6).

 

         A partir de la década del 70 del siglo XX, el velo resurge con fuerza en una forma nueva: un tipo de pañuelo que envuelve íntegramente la cabeza y el cuello y al que se da también el nombre de hiyab. La reaparición va a la par de los acontecimientos políticos. Su relegación en décadas anteriores coincidió con un ciclo de esperanza en el mundo islámico, caracterizado por descolonizaciones, experimentos democráticos, la búsqueda de la unidad en los países árabes, la bonanza derivada de las rentas petroleras y reformas sociales y educativas.

         Empero, las esperanzas se fueron desvaneciendo, dado que las democracias languidecieron en manos de oligarquías eternizadas en el poder, sustentadas por un neocolonialismo que se hace muy palmario; otro tanto ocurre en los Estados tutelados por ideologías panarabistas y de socialismo árabe, y el sueño de la unidad árabe se ha esfumado; se aplican políticas neoliberales severas, crecen el desempleo y la emigración, la corrupción se generaliza. Fehti Benslama (2006) considera la reaparición del velo como una tentativa de “incluir la exclusión de la mujer en el espacio público”, una suerte de avasallamiento sexual o una pretensión de embargo al cuerpo humano femenino.

3.- Una definición y las razones de su uso presente: Pancorbo (2006:244) al definir al hiyab, lo caracteriza como símbolo de la modestia, sumisión, recato y dominación de las mujeres musulmanas. El empuje del islamismo desde la Revolución de Khomeini en 1979 crea una moda de identidad islámica que, entre otras cosas, se manifiesta en el atuendo: la barba en los hombres y, sobre todo, el nuevo velo en las mujeres[4].

Este velo no es ancestral, sino una prenda de nueva creación que rápidamente se extendió por las poblaciones urbanas. Al igual que sucedió con la desaparición del hiyab en las décadas anteriores, son las jóvenes de clase media de las ciudades (frecuentemente universitarias) las primeras en adoptar las nuevas vestimentas. Las querellas creadas en países europeos con profusa población musulmana, a raíz del velo, han promovido nutridos estudios acerca de las razones del uso de este atavío. No obstante, el fenómeno del velo es difícilmente aprehensible: su significado varía considerablemente según los países, las clases sociales e incluso las personas. Su uso es obligatorio en Irán[5], y de ningún modo en las capitales occidentalizadas donde primero se extendió.

Tampoco es inevitablemente una exigencia familiar, como podría suponerse: es habitual en una misma familia seguir la historia del uso del hiyab a través de las generaciones: la abuela con atuendo tradicional, la madre vestida al modo europeo y la nieta con velo (frecuentemente son las hijas las que implantan la moda en sus hogares, haciendo que la madre y la abuela adopten el velo). Si bien, como dijimos, tiene su origen en el auge del islamismo, no puede establecerse una correlación entre el uso y la ideología o la religiosidad de la persona que lo lleva.

Cabe recordar a Durkheim (1965), quien señala que “lo religioso es la expresión de lo social”, “una metáfora de la sociedad”. Las religiones – todas- son también hechos de poder: se nutren de las interpretaciones que les favorecen, asentando en ellas su legitimidad y control social (Abdelaziz, 2004).

         A menudo su uso es una expresión de religiosidad personal. También puede ser consecuencia de determinada obligación social o familiar; pero en muchos casos es un signo de reivindicación cultural en un medio donde se observa rechazo (especialmente en las comunidades musulmanas occidentales)[6]. En muchos otras circunstancias es un signo de reivindicación femenina, y ahí se conecta con el significado más antiguo del hiyab: mostrar que la mujer no es un objeto (se puede comparar con cierta estética surgida del feminismo en Occidente, con prendas largas y holgadas destinadas a sustraer el cuerpo a la mirada masculina). Por último, con frecuencia, es meramente una forma de vestir que está de moda.

         Es lícito reconocer que en muchos casos el uso del velo islámico u otras exigencias aparecieron más como provocación, que como un signo de pertenencia confesional. Las musulmanas en Europa indican que portan el velo en prueba de respetabilidad, pero también de discreción. Alicia Delibes (2004) se interroga si el velo es un símbolo de desafío islámico: algunos piensan que simplemente es una moda propia de países de cultura distinta y que como tal no hay razón alguna para oponerse. Otros coinciden que se trata de una imposición religiosa y arguyen que coexistimos en una sociedad plural que debe ser tolerante y que no puede reprimir a nadie que acate los dictados de su conciencia. La crítica feminista lo razona signo de sumisión de las mujeres en un islamismo que las confina en una inferioridad y dependencia, impidiéndoles toda evolución (Touraine, 2006:213).

         El velo inicial era un código de liberación de la mujer y por haberse convertido a menudo en símbolo de su sometimiento no corresponde al espíritu del Corán y debe desaparecer[7]. En el mundo árabe y musulmán también se ha jugado con esta “simbólica” del velo en las decisiones y demostraciones de modernización: M. Kemal Atatürk, fundador de la República Turca, desveló a las mujeres y prohibió el uso del velo[8]. Lo hizo también el Shah de Irán M. Reza Pahlevi, y el presidente H. Bourguiba de Túnez que lo eliminó de las universidades.

         En Turquía volvió a surgir, como señal de hostilidad política a los gobernantes y dentro de las inmigraciones turcas en Europa ha estado siempre presente y valorado como una posibilidad democrática denegada en el país de origen. En Irán, también fue expresión pública de rechazo del régimen del Shah antes de mudarse en una obligación rigurosamente vigilada por los pasdaran de la “Guardia de la Revolución Islámica”. Cabe señalar entonces, que lejos de ser estático, el velo puede contener diversos significados y seguir desemejantes comportamientos y mensajes.

         El velo, remite a un espacio geográfico – civilizacional, a una experiencia religiosa y cultural que globalmente desaira a las cuestiones de libertades y derechos de la persona, y por supuesto de las mujeres. Puede su uso ser desentrañado como estrategia, elección, e incluso error de las mujeres, desde la solidaridad y una actitud ofensiva para el cambio de las relaciones de poder entre géneros. Gaspard y Khosrokhavar (1995) sostienen que muchas mujeres usan velo como signo de independencia ante su familia y que la mayoría de las estudiantes con chador compartían las ideas de la modernidad.

         Seyla Benhabib (2006) desde su posicionamiento habermasiano, considera que el sujeto universal no es más que una metáfora para un individuo masculino y occidental y sus derechos consistirían en ignorar los de las minorías. En su libro “Diversa desigualdad” precisa la simultaneidad de los procesos de integración global y de desintegración sociocultural. Sostiene la autora que muchas de las mujeres musulmanas usan velo, no para confirmar su subordinación sexual y religiosa, sino para proclamar una identidad casi personal, independiente de la cultura occidental dominante.[9]

4.- Identidad y diferencia cultural: La identidad si bien en el ámbito de la psicología se refiere principalmente al “yo”[10] en el caso de colectivos nos referimos al “nosotros”[11]: “La identidad colectiva se forma […] a partir de un común denominador, de una igualdad de esencia”(Lomnitz 2002:129). Al reconocer un “nosotros” vemos determinados rasgos culturales comunes tanto en el “yo” como en los que conforman el “nosotros”. Son este conjunto de rasgos culturales los que conforman nuestra identidad: “…la identidad mana de una naturaleza idéntica compartida”(Ibidem). Estos rasgos culturales pueden ser de diferentes características: territoriales, étnicos, de género, etc. Dando así las diferentes connotaciones de identidad mencionadas. Es preciso advertir que en este concepto el elemento de pertenencia o inclusión a determinado grupo social es el elemento principal.

Sophie Bessis (2004) señala que es un grueso error pretender homogeneizar al islamismo, “porque una mujer senegalesa, tunecina, paquistaní, aún siendo musulmanas, no viven la misma realidad ni bajo las mismas leyes”. El hiyab encarna un problema porque muestra varias cosas: al contrario de lo que pueda decirse, no es una vuelta a la tradición. El hiyab, tal como lo vemos hoy en día, es un velo moderno, es decir, que enuncia una voluntad de implantar lo religioso en el espacio público, y expresa también una manifestación política de lo religioso, una especie de reivindicación identitaria.      

         Evidentemente eso plantea problemas, nos hallamos frente a un doble escollo tanto de la homogeneización salvaje como del comunitarismo (Ogilvie, 2003). Nos interrogamos ¿Qué identidad es ésta? ¿Por qué resurge ahora esta reivindicación identitaria? ¿Por qué en Europa? ¿Por qué en la inmigración? El primer conflicto del velo en la escuela es de 1989. A partir de ese momento el hiyab empieza a hacerse visible y a distinguirse como un peligro, o bien como una falta de integración de la población inmigrante. Es eso, tal vez, lo que plantea problemas en Francia, la manifestación de un síntoma a la vez religioso e identitario que provoca aprensión en el ciudadano francés medio.

         Se blanden muchas razones para llevar el velo. Primera razón, mujeres que proceden de familias conservadoras o islamistas y portan el hiyab por la presión familiar. Segunda razón, por decisión personal. Hay una vuelta a lo religioso entre la juventud, con mayor o menor influencia del rigor islamista, y hay casos indiscutibles de jóvenes que lo llevan incluso contra la voluntad de sus padres, ya que éstos son laicos no adeptos del velo. Existe también, en los suburbios urbanos de alta población magrebí, lo que Bessis (2004) denomina “el hiyab de protección”; dado que se ha producido un incremento substancial de la misoginia de los adolescentes, una violencia masculina entre los jóvenes de estos barrios que lleva a que las jóvenes se pongan el velo para protegerse. Esta especie de misoginia se controla ante el hiyab[12].

         Chahdortt Djavann (2004) ha propuesto penalizar a los padres que obligan a las jóvenes a llevar el velo por considerar esa presión como tortura física y psicológica. Sophie Bessis piensa que Djavann:

fue un poco lejos al equiparar el velo de las menores con la tortura. Pero sí se puede equiparar, a veces, con la violencia. Cuando vemos a niñas de diez años o de ocho años con el hijab, considero que es una violencia grave. Cuando se tiene dieciocho años se puede elegir: si quieres llevar hijab lo llevas. De hecho, la ley francesa lo prohíbe en la escuela pero no lo prohíbe en la universidad.”

        

Miguel Pajares (2004) considera ineludible establecer, a priori, una diferenciación entre lo que es la opinión que nos merece el velo islámico y lo que es la actuación que debemos tener ante las mujeres que lo llevan. Se ha dicho que el velo es un símbolo religioso, aunque es algo más: un símbolo cultural que abarca más razones que las religiosas, aunque éstas son muy importantes. Es igualmente, un símbolo religioso que constriñe sólo a las mujeres, por lo cual debe inquirirse si envuelve o no una situación de discriminación respecto a los hombres. El velo está primariamente relacionado con la tradición que impedía a las jóvenes escoger por sí mismas su esposo. La invisibilidad, revistiéndose lo más posible, estaba en concordancia con el hecho de que no debían cautivar la atención de ningún hombre, porque era la familia la que se encargaría de casarlas.   

         Cuando se trata de mujeres casadas, el uso del velo está atado a la sumisión a los maridos. Porque existen hombres musulmanes impelidos a que sus mujeres vistan el velo porque de otra forma se sienten menospreciados ante los demás varones de su comunidad. Para ellos, el tener a sus mujeres cubiertas como ordena la tradición es una cuestión de reputación y valoración. Así pues, el uso del velo encarna, en cierto modo, la discriminación de la mujer; aunque también para muchas mujeres significa la defensa de una identidad que en Europa ven desdeñada por la xenofobia y la islamofobia[13], y también hay mujeres que están recurriendo al velo en su lucha contra la discriminación de género.

         Pero centrados en lo que el velo tiene de símbolo de la discriminación de la mujer manan las preguntas a las que intentamos dar respuesta: ¿se corrige la discriminación prohibiendo el velo? ¿Se ataca a la segregación eliminando aquello que sólo es un símbolo externo de la misma? Estas interrogaciones nos obligan a deliberar sobre los efectos que puede tener la prohibición. La más inmediata de las secuelas de la interdicción es que se fortifica el simbolismo identitario del velo, y su uso deviene en una reivindicación que tenderá a involucrar a todos los musulmanes.

         La proscripción puede tener también efectos negativos para aquellos colectivos de mujeres musulmanas que lidian contra la discriminación. Gema Martín Muñoz (2004) explica que muchas mujeres islámicas, en Europa y en los países árabes, patrocinan el uso del velo en su lucha por la equiparación de derechos y por la ocupación igualitaria del espacio público respecto a los hombres, porque han considerado que tal moda les facilitaba su lucha y sus objetivos. Con la prohibición, se devuelve a los hombres la posición preponderante, porque en el centro del debate se ha instalado un asunto en el que no habrá discrepancia entre hombres y mujeres y los primeros podrán seguir representando al conjunto. Dicho de otra forma, en lugar de llevar la discusión a la esfera de la discriminación de la mujer, se lo ha trasladado al ámbito de la tutela de la identidad religiosa, en el que la vanguardia la seguirán llevando los hombres.

         Ahora bien, si lo que ambicionamos es sentirnos orgullosos de nuestra laicidad y nuestro igualitarismo, prescindiendo de los signos visibles de lo contrario, la prohibición es lo que sirve. Ciertas musulmanas sostienen que el hiyab, da libertad, no la quita, puesto que el respeto a la privacidad y a la intimidad son derechos que desde el Islam no se pueden quebrantar, y tampoco se puede negar el derecho a usar potestativamente el distintivo de la identidad musulmana, que es el velo. 

         Según Riva Kastoryano (2004):

"Para el Estado, los musulmanes franceses son ciudadanos, individuales; el reto es que sean ciudadanos franceses islámicos… El Estado no debe tolerar que un imán decida cómo se visten los ciudadanos. Por eso hemos de prohibir el velo. Nos jugamos el futuro del país…En el extrarradio de las grandes ciudades, el Estado francés ha confinado a comunidades étnico- religiosas, sobre todo magrebíes…En esos guetos, el Estado ha fracasado y la comunidad musulmana ocupa su sitio; todos obedecen al imán, que aplica el Corán a rajatabla".

 

         Kastoryano cree que los musulmanes radicales desafían a la República. Su esencia es transnacional. Son comunidades en perpetuo movimiento y ese es su poder, que devuelve la gentileza al colonialismo francés y que hoy desafía a la nación vinculada a un territorio. El islamismo radical aspira a constituirse en estado musulmán dentro de cada estado europeo y confía en aplicar sus leyes a los musulmanes. La "política del reconocimiento" que apunta Charles Taylor implica que a los musulmanes franceses, el Estado tiene que reconocerles como nuevos ciudadanos individuales, pero además, como ciudadanos franceses islámicos, africanos o turcos, y eso implica también reconocer a sus comunidades como parte enriquecedora de la nación.

         Así como ningún occidental tiene derecho a ir a un país musulmán a imponer su modo de colegir el Estado, de igual manera, ningún islámico tiene derecho a ejecutar prácticas que contradigan los valores fundamentales recogidos en la constitución, tales como igualdad hombre-mujer o libertad de expresión, invocando interculturalidad. Una cuestión es ser de diferente raza, costumbres, gastronomía, religión y otra es vulnerar los derechos elementales en nombre de esa interculturalidad, pero esa no puede ser la excusa. El que tolera la intolerancia, es un intolerante.[14]

         Fadela Amara (2004) exhorta a declararle la guerra al velo y expone cómo su postura previa era contraria a una ley de estas características, pues se especulaba que la escuela sería capaz de transmitir a las mujeres las armas para su emancipación, pero no fue así. El asunto del velo no es tan simple, si se lo examina más de cerca y en el marco de las instituciones que garantizan el Estado de Derecho, el pluralismo y la libertad. Exigencia primera e irrevocable de una sociedad democrática es el carácter laico del Estado, su total independencia frente a las instituciones eclesiásticas, única forma que tiene aquél de garantizar la vigencia del interés común por sobre los intereses particulares, y la libertad absoluta de creencias y prácticas religiosas a los ciudadanos sin privilegios ni exclusiones de ningún orden. Una de las conquistas de la modernidad, en la que Francia estuvo a la vanguardia de la civilización y sirvió de modelo a las demás sociedades democráticas del mundo entero, fue el laicismo.

         Un Estado laico no es enemigo de la religión; es un Estado que, para amparar la libertad de los ciudadanos, ha trasladado la práctica religiosa de la esfera pública al ámbito que le corresponde, que es el de la vida privada. Porque cuando la religión y el Estado se confunden, irremediablemente se eclipsa la libertad; por el contrario, cuando se conservan apartados, la religión tiende de modo gradual e irrevocable a "democratizarse", es decir, cada iglesia aprende a cohabitar con otras iglesias y otras maneras de creer, y a tolerar a los agnósticos y a los ateos.

         Ese proceso de secularización es el que ha hecho posible la democracia. A diferencia del cristianismo, el Islam no lo ha ejercitado de manera integral, únicamente de modo larval y efímero. Esa es una de las razones por las que la cultura de la libertad halla innumeras dificultades para expandirse en los países islámicos, donde el Estado es pensado no como un contrapeso de la fe, sino como su servidor y, frecuentemente, su espada flamígera. En una sociedad donde la ley sea la sharia, la libertad y los derechos individuales se ensombrecen tal como desaparecían en los ergástulos de la Inquisición.

         Las niñas a las que sus familias envían ornadas del velo islámico a las escuelas públicas francesas son la vanguardia de una campaña emprendida por los sectores más militantes del integrismo musulmán, que buscan conquistar una cabecera de playa no sólo en el sistema educativo sino en todas las instituciones de la sociedad civil. Su objetivo es que se les conceda su derecho a la diferencia, en otras palabras, a gozar, en aquellos espacios públicos, de una extraterritorialidad cívica compatible con lo que aquellos sectores proclaman su identidad cultural, sustentada en sus creencias y prácticas religiosas. Galeotti (1993) propone una nueva tolerancia que supere el modelo liberal. Sartori (2001:118) cree que el del chador es un caso fácil de vencer; pero se pregunta si las tesis de Galeotti podrían aplicarse a la ablación del clítoris o la poligamia.

         Este proceso cultural y político que se disimula detrás de las apelaciones de "comunitarismo" o "multiculturalismo" con que lo patrocinan sus mentores, es uno de los más recios retos a los que se enfrenta la cultura de la libertad en nuestros días. Esa es la cruzada que en el fondo ha comenzado a librarse en Francia detrás de las refriegas y encontronazos de aspecto trivial y anecdótico entre seguidores y adversarios de que se autorice llevar el velo a las niñas musulmanas en los colegios públicos.

         La Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF), una de las instituciones que más han batallado para que se reconozca a las niñas musulmanas el derecho de asistir veladas a las clases, por "respeto a su identidad y a su cultura". Este argumento, llevado ad nauseam, provoca que si se acepta, crea enérgicos antecedentes para consentir también otras costumbres tan artificialmente "esenciales" a la cultura propia como los matrimonios de las jóvenes decididos por los padres, la poligamia y, al extremo, hasta la ablación femenina. Este oscurantismo se encubre con un discurso progresista: ¿con qué derecho quiere el etnocentrismo colonialista de los franceses de vieja matriz aplicar a los franceses novísimos de religión musulmana prácticas y procederes que son írritos a su tradición, a su moral y a su religión? Ataviada de desplantes supuestamente pluralistas, la Edad Media podría así renacer y emplazar un enclave extemporáneo, cruel y fanático en la sociedad que proclamó, por vez primera en el mundo, los Derechos del Hombre.

         Todas las culturas, creencias y costumbres deben ser aceptadas en una sociedad abierta, en tanto no entren en colisión con aquellos derechos humanos y principios de tolerancia y libertad que fundan la esencia de la democracia. Varios autores sostienen que el velo islámico debe ser prohibido en las escuelas públicas francesas en nombre de la libertad (Vargas Llosa, 2003; Finkielkraut, 2005; Badinter, 2003; Debray, 2004). Así, desde abril de 2011 una ley francesa impulsada por el entonces presidente Sarkozy ha prohibido el uso del velo integral (burkha y niqab) en la calle. Si bien Francia no discrimina por razones de religión, las mujeres que lleven cualquier tipo de velo integral serán multadas con 150 euros y deberán realizar cursos de formación específicos para "rehabilitarse" y "convencerse" de que el velo integral no forma parte de la cultura francesa y que es una prenda que atenta a la libertad de la mujer como persona. “Los castigos son más duros para los hombres que obligan a una mujer a llevar un velo. Las penas pueden alcanzar un año de prisión y una multa de 30.000 euros. Si las mujeres son menores de edad, el juez puede condenar a los acusados incluso a dos años de prisión y a 60.000 euros de multa” (Martínez, 2011).[15]

         Progresivamente va in crescendo el número de personas para las que el velo no es, como dice Laurent Levy, un simple trozo de tela que pone nerviosos a los “ayatolás del laicismo”, sino el símbolo del fundamentalismo integrista. Lo fue para las mujeres que se contraponían a la occidentalización del Sha Pahlevi, lo fue para Khomeini cuando fijó que debía ser una prenda obligatoria, y lo es para todos los radicales religiosos que, en Europa, tratan de impedir que sus mujeres acojan las costumbres occidentales. Señala Alice Schwarzer, más que un símbolo religioso el velo es un estandarte de la cruzada islámica, la proliferación de cabezas cubiertas por púdico velos debería producirnos el mismo sentimiento de preocupación que ver surgir, de pronto, brazaletes con cruces gamadas anudados a las mangas de las camisas de unos adolescentes rubicundos

         Con todo, el tema central es la cuestión del velo y los problemas esbozados por la integración de los musulmanes inmigrados y sus hijos. Aislados a menudo en los suburbios (banlieus), resistidos por la sociedad, confinados en comunidades cerradas, las personas inmigrantes musulmanes y sus descendientes se retan con una sociedad que en los últimos años les cerró la puerta de sus valores y sus privilegios.

         El psicoanalista Michel Bruno (2007) nos ofrece una visión desmitificadora del velo islámico, porque a la par que tapa el rostro, revela el sometimiento de las mujeres a las leyes del patriarcado y la negación de la sexualidad propia, sólo reconocida como procreadora. Una cuestión a considerar es que ellas no están obligadas a llevarlo y que, sin embargo, lo portan como una decisión personal. Una parte de la respuesta está en la relación de estas mujeres con su sexualidad, con sus cuerpos. El velo recubre, protege y, es al mismo tiempo, un muro, encierra el interior. Es como si estas personas encerraran su sexo simbolizado esencialmente por los cabellos. Es una protección contra esta parte desconocida... espantosa porque es fuerte. El psicoanálisis nos ha enseñado que era la inhibición de la pulsión. Con el velo se da una manifestación ostensible de la inhibición pulsional.

         Hoy mujeres de todo el mundo luchan por deshacerse del velo. Una de ellas, la iraní Shirin Ebadi, premio Nobel de la Paz. Obligar a alguien a hacer algo en contra de su voluntad, es violencia y siendo coherentes con esta tesis y con el derecho al ejercicio de la libertad individual, también creemos que lo es la prohibición de que una mujer, si ese es su deseo, pueda utilizar el hiyab donde y cuando quiera. No aprobarlo también es violencia, practicada por la cultura dominante, porque no se debe obstar que una mujer, ejerciendo su libertad de creencia, opte a lo que legítimamente le corresponde.

         El problema no está en el “otro” por ejercer su derecho a ser distinto o diferente respecto a la sociedad dominante. El origen del problema está en “nosotros” mismos, pero nuestro estado social atemorizado no nos permite ser conscientes de tal situación, bastante más tremendo de lo que a simple vista parece. Este presente parece saturado de miedos y angustias, conocidos y desconocidos; es una era de incertidumbre. Virno cree que ese miedo como sentimiento difuso, característico de la época, es un pánico en el cual se mezclan los miedos por peligros concretos (por ejemplo a perder el trabajo) y uno más general que no tiene un objeto preciso, lo cual es el sentido de la propia precariedad. Es la relación con el mundo en su conjunto, la fuente de peligro. Ambas cosas, normalmente estaban separadas: el miedo por motivos determinados era algo socialmente gobernable; mientras que la inquietud por la propia labilidad, por la propia finitud, era algo que las religiones o la filosofía trataban de administrar (Virno, 2003).

         Virno cree que lo que puede constituir un remedio, una cura para ese miedo angustiante es la construcción de una nueva esfera pública (Virno, 2004); es decir nuevas formas de vida que no tengan más en su centro la obediencia al Estado y la obligación del trabajo asalariado en tanto trabajo despojado de significado que está por debajo de lo que hombres y mujeres pueden hacer con su colaboración inteligente. Una nueva esfera pública donde se pueda valorizar la propia singularidad y no converger hacia esa especie de unidad trascendente que es el soberano, el Estado (Virno, 2003).

         Este temor social deviene en miedo: al que no es igual, a la diversidad, a la singularidad, a una minoría que tiene derecho a ejercer libremente sus propias señas identitarias, a la pérdida de nuestra identidad cultural, a que nos arrebaten nuestros elementos identificadores, nuestros símbolos, nuestras creencias. Es pues nuestra obligación como seres humanos, despertar, abrir los ojos antes de que sea demasiado tarde y hacernos conscientes de que sólo la diversidad enriquece a los pueblos, la tolerancia nos dignifica como tales y el conocimiento nos hace más libres.

5.- La globalización y la efervescencia del Islam: Con la caída del muro de Berlín concluyó un paradigma y principió una nueva época, en la que estamos y donde no terminan de definirse las líneas maestras que van a determinar nuestro futuro. Atravesamos tiempos de transición y de transformación en los que una espesa bruma no permite distinguir el panorama exacto de las heterogéneas contradicciones que azotan el mundo globalizado.

         Ortega (2007) explora cómo la arrolladora corriente unificadora de la globalización ha propiciado, paradójicamente, una proliferación de minorías empeñadas en subrayar sus señas de identidad. “El hombre ya no se define esencialmente por lo que produce, por cómo lo produce ni por lo que consume. El hombre siente necesidad de diferenciarse para identificarse, y son precisamente las diferencias culturales las que lo definen". "Cuando hablo de cultura, me refiero al conjunto de ideas y creencias desde el cual cada tiempo vive, como explicaba Ortega y Gasset", dice. "Pienso en el mundo de referencias, de valores, de comportamientos, en la manera de enfrentarse a la vida y la muerte, en su forma de concebir la familia..." La globalización iba a hacernos a todos iguales y resulta que lo que ha generado es una variedad infinita de culturas diferentes.

         Para Ortega (2007) el velo no es una cuestión menor; es la punta de lanza de un planteamiento antidemocrático que basa, en el ostracismo de la mujer, su principal desafío. Detrás del velo no solo hay machismo religioso y sumisión; sino que late una ideología que le ha declarado la guerra a la libertad. Asimismo, implica una práctica endogámica (Todd, 1983), que obsta a la consumación de matrimonios mixtos. El velo es un elemento que señala al no musulmán: “yo no seré jamás de tu familia”. Una mujer velada estimula en muchos sitios públicos un muro de silencio, ante la fuerte connotación represiva vinculada a esa prenda de la indumentaria femenina.

         Según Gilles Kepel (2004), el mundo musulmán está sobrellevando hoy las consecuencias de una Fitna, que significa el desorden, la fragmentación, la discordia en el seno mismo del Islam. Reprobada por los Ulemas -los doctores de la ley- consideran la Fitna como la guerra en el corazón mismo del Islam: es el caos, la contrariedad que sacude a la comunidad de creyentes y que conduce su la ruina. La ola de terrorismo actual no se debe entonces ni a una fatwa, ni a la Jihad: sino a la Fitna. Los grupos jihadistas (la guerra santa total), sedientos de argumentos que justifiquen su acción, para romper su aislamiento político, se han refugiado en la campaña contra la laicidad.

         En resumen, los islamistas, han transformado el velo en un elemento político; no se trata de un hecho religioso; está en relación con las tensiones que agitan hoy en día el Islam debido a la crisis que enfrenta modernidad y oscurantismo. En Francia las mujeres musulmanas, salvo las de edad avanzada, nunca habían llevado velo. La politización del hiyab simboliza que esos grupos extremistas buscan hacerse de una legitimidad, para ulteriormente imponer a una determinada visión del mundo. Consentir que la postura radical se haga ley, significa abandonar a las mujeres de origen musulmán pero que profesan la laicidad, a la merced de un integrismo retrógrado. Sería asentir que no todas las mujeres pertenecen a la misma categoría: ciudadanas de una república laica en donde impera una absoluta libertad de culto, pero en donde la religión es un hecho privado que no debe tutelar la vida cívica de los ciudadanos.

6.- Conclusiones: Nuestras sociedades democráticas occidentales se caracterizan por haber precisado un ámbito en el que el sujeto es autónomo y responsable, y que debe permanecer exento de toda intromisión de poderes externos. Este ámbito que configura los derechos individuales, es un logro de nuestra cultura. Este beneficio es el que ponen en riesgo los seguidores del multiculturalismo, pues implantan entre el Estado y el individuo la mediación de una comunidad étnica, cultural o religiosa. Para ellos, la definición de los derechos individuales pasa por la adscripción a un grupo determinado.

         La proposición de que todas las tradiciones son indistintamente respetables lleva a la desmembración de la sociedad en etnias u otras agrupaciones estancas, en cuyo interior los individuos carecen de derechos o ven a estos definidos por un estatus personal. La sociedad democrática moderna es incompatible con el reconocimiento de disímiles estatus personales en función de la cultura, religión u otra característica. El hiyab no es una simple prenda, sino un signo de afirmación social y religiosa; y, en la actualidad un síntoma. No se puede comprender el cambio en el significado de llevar velo, sin tener en cuenta lo ocurrido en los últimos quince años, sobre todo a partir de la primera guerra del Golfo en 1991.

         Desde entonces, el integrismo ha tomado un extraordinario auge en las sociedades árabes y musulmanas. La idea preponderante, no en la población moderna, sino en la rural, es que EE UU y los países occidentales quieren aniquilar la identidad musulmana porque funda una barrera frente a ellos. La ideología occidental se observa a través del prisma de la estrategia cultural y política estadounidense. Frente al desnudo del cuerpo, el individualismo, la mercantilización de las relaciones humanas y el relativismo en los valores, el fundamentalismo reacciona con signos de protección como el velo y la solidaridad de los miembros de la comunidad, con la afirmación dogmática de valores intangibles y con la distinción religiosa.

         Hoy el velo puede interpretarse de varias formas: como una postura tradicionalista, que muestra, sobre todo, el respeto a una costumbre; como enunciación de resistencia social (contra los ricos), nacional (contra los colonos), sexual (contra los hombres que acosan); como adhesión ideológica integrista, que elige la sharia para fundamentar el orden social y político; como un cambio identitario –que supone una readaptación del Islam frente a una globalización que lo demoniza, sobre todo en el discurso de Occidente–, a lo que se añaden ciertos movimientos feministas islámicos para los que llevar el velo se traduce en una “feminización de la religión”, que permite a las mujeres acceder a responsabilidades sociales y políticas.

         El integrismo procura esgrimir el hiyab como arma política, porque se sustenta en una radical ignorancia del Islam. Es esto lo que falsea el debate y confunde todas las referencias, y además constituye la razón por la que los musulmanes, en su gran mayoría, rechazan el extremismo. Ahora bien, el Islam opera también como una ideología, no solamente como fe, frente a este proceso histórico y a ese vacío. Colisiona contra la posmodernidad actual y su secuela más grave: la desaparición del sentido. En ocasiones, puede actuar como un foco de indocilidad contra los aspectos más disolventes de ésta. La modernidad se enfrenta al Islam porque plantea el problema de la secularización de lo que los filósofos alemanes llaman “Lebenswelt” (Wilhelm Dilthey) o el “mundo vivido” (Habermas), que presume la separación de lo espiritual y lo temporal. Por otro lado, la posmodernidad se subleva a la fe musulmana porque esgrime la desaparición de todos los sentidos y significados de la vida que no se basan en el presente, mientras que el Islam es una trascendencia vivida, una “teología laica”, expresión de Louis Massignon. Esta religión debe solucionar a la vez un problema moderno y otro posmoderno, empero aunque hay en su interior grandes ideólogos, no se advierte un pensamiento crítico capaz de enfrentar estos dos retos.

         Diferentes mujeres usan el velo en la cabeza por diferentes motivos. Algunas, por hábito o por razones tradicionales más que religiosas. Para otras, la motivación es política. No todas usan el hiyab por un conservadurismo religioso. Y no todas las mujeres con la cabeza cubierta son “ignorantes” o “reprimidas” (Shafak, 2007:27). 

El ex presidente Sarkozy en el año 2009 declaró en un discurso: “El problema del burka no es un problema religioso. Es una cuestión de libertad y dignidad de la mujer. No se trata de un símbolo religioso, sino de un símbolo de subordinación o bajeza. Quiero decir solemnemente que el burka no es bien recibido en Francia. No podemos aceptar en nuestro país a mujeres atrapadas en una valla, apartadas de la vida social y privadas de cualquier tipo de identidad. Ésta no es la idea que tenemos de la dignidad de la mujer”.

La controversia sobre la vestimenta de las mujeres islámicas no es nueva. En el año 2004, Francia sancionó una Ley que vedaba a los estudiantes llevar objetos llamativos en los colegios, incluyendo el velo. En Diciembre del año 2008, el Tribunal de Derechos Humanos Europeo, decidió por unanimidad que no acaeció violación de Derechos Humanos cuando un colegio francés, expulsó a dos estudiantes que se negaban a quitarse el velo. En julio de 2012, se rechazó la solicitud de nacionalidad a una mujer musulmana por no haber conseguido adaptarse a la cultura francesa y practicar una variedad de Islam que era inconciliable con los valores franceses.

El velo únicamente se convierte en un emblema de humillación cuando es impuesto para imposibilitar que la mujer participe en la vida cotidiana. Ciertos países musulmanes han consentido esto a través de un trato cruel a la mujer. Empero, cabe destacar que no existe ninguna ley en el Islam que sancione a la mujer por no llevar el velo. Se trata de una elección personal, no una punición impuesta por el hombre. Prohibir el velo u obligar a llevarlo son las dos caras de una misma moneda. Chahla Chafik (2012: 43-89) sostiene que: el velo de las mujeres es un espejo mágico de la modernidad mutilada.

En síntesis: el multiculturalismo no es un fin en sí mismo, sólo un medio. Siguiendo la tradición ilustrada, el fin consiste en la universalidad de los seres humanos y el creer en valores comunes. Engendra mucho temor la apología del diferencialismo, sabiendo lo que encarnó en el mundo colonial y lo que simboliza hoy en día en Occidente: una ideología que contiene el apartheid, la separación y el rechazo a la mixtura con el otro. Livia Turco (1997:66) sostiene que “la experiencia de los otros países nos demuestra que son la discriminación y la segregación política las que alimentan las tensiones y las revueltas.”

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[*] Abogado (U. Kennedy)

Candidato a Doctor en Ciencia Política (UNC)

 

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[1] Khoury (1981:260) los caracteriza como musulmanes restauracionistas del sometimiento de la mujer al hombre.

[2] Otras variantes del hiyab son: el nikab o chador iraní que cubre a la mujer de la cabeza a los tobillos; el charciaf otomano que consiste en una pañoleta negra que cubre la cabeza y el rostro; también la burkha (borgheh en Irán) que cubre a la mujer árabe en forma de máscara, siendo utilizada en Afganistán con una rejilla de tela que impide ver el rostro (Pancorbo, 2006: 244, 118 y 92). El “haik” argelino es un pañuelo fino y pequeño que esconde sólo la nariz y la boca. El caftán es una especie de túnica, manto o bata, de origen persa, que en Occidente relacionamos con la chilaba.

[3] El termino “hijeb” aparece 8 veces en el Corán. Ninguna se refiere a un velo que deberán llevar las mujeres y el Versículo que hemos reproducido es el único que relaciona la palabra con las mujeres. La tradición de Oriente Próximo de ocultar la cara femenina tras un velo tiene su origen en una ley asiria del 1200 a.C. (El rey Teglath Phalazar I en el s. XII a.C. impuso la portación de velo para toda mujer casada.)  Es por tanto, muy anterior a Mahoma y al islamismo. El uso del velo es obligatorio en los países fundamentalistas. Según sus dirigentes, las mujeres que no lo llevan son depravadas. En el resto es sólo «apropiado».

[4] De modo general,  se trata de una moda: en los años 60 y 70 los movimientos contraculturales propagaron en Occidente ciertas estéticas, sin que ello significara de un modo unívoco que las personas que las usaban se reconocieran plenamente en lo contracultural, ni que los individuos vestidos de otro modo no se identificaran en ello. Ciertamente, la analogía no es perfecta, ya que el velo, frente a la estética contracultural, se ha convertido en paradigma de lo moralmente correcto y existe por tanto cierta obligación social, de despareja intensidad según las zonas.

[5] Jürgen Habermas manifestó en una visita a Irán que la próxima revolución iraní sería la de las mujeres. Shirin Ebadi sostiene que “vivimos en una cultura patriarcal dominada por una interpretación incorrecta del islam”. (Espinosa, 2006).

[6] “He vuelto a llevar el pañuelo para defender mi identidad de musulmana y creyente, por rebeldía ante la imagen distorsionada del islam", explica Selima Abdessalam, diputada española de la Coalición por Melilla. A la vista de las jóvenes musulmanas que se dejan ver por los barrios y pueblos, puede decirse que el pañuelo, impuesto por sus padres en bastantes casos, es a veces perfectamente compatible con unos pantalones ajustados, de los que marcan figura.

[7] Ver: Mahmoud Azab: “El velo no es un principio fundamental del Islam” [en línea] http://www.oumma.com

[8] Kemal consideraba al fez, típico sombrero otomano, como un símbolo del feudalismo y ordenó su prohibición. El mismo usaba vestimentas y sombreros de estilo europeo, y alentaba a sus compatriotas a que hicieran lo mismo. El uso de velo por las mujeres fue prohibido, y se les instó a que usaran vestidos occidentales y se incorporaran al mercado del trabajo.

[9] Touraine (2006:197)  señala que: “Es falso decir que todas las chicas que quieren mantener el velo en la escuela proclaman su adhesión a la cultura islámica contra la cultura occidental, racionalista y laica. Una parte importante de esas estudiantes proclaman su deseo de combinar su origen familiar y personal con el mundo del saber y la vida profesional para el que la escuela prepara”. 

[10] En términos lógico-matemáticos identidad implica igualdad a sí mismo(A es igual a sí mismo, A=A, principio de identidad), esta acepción recuperada por la psicología convirtió a la identidad en el cómo “yo me veo a mí mismo”.

[11] Una gran división entre enfoques de identidad es el de identidad colectiva e identidad individual sin embargo está por demás aclarar que nuestro enfoque se concentra principalmente en el carácter colectivo de la identidad. Sin embargo, es preciso resaltar que trabajar el tema de identidad implica indagar en la interacción entre lo individual y lo colectivo (Cardoso  de Oliveira 1971:926).

[12] Al grito de: “Ni putas ni sumisas” un grupo de feministas magrebies emprendió una su larga marcha a través del territorio francés. Denunciaron las represalias que se ejercen sobre ellas en el seno de los barrios árabes para obligarlas a llevar el velo y los castigos a la que son sometidos aquellas que no se resignan: agresiones físicas, violaciones y hasta asesinatos. Consideradas como prostitutas por los integristas: de allí el lema que han adoptado. Practicantes o no del Islam, las feministas musulmanas, abrieron una brecha en el muro compacto del integrismo. Para ellas, como para la mayoría de las mujeres francesas, el velo significa un signo de exclusión, de violencia y muchas veces de terror que se ejerce en contra la mujer. El velo, es considerado por ellas como una imposición del poder patriarcal. El ejemplo de miles de mujeres asesinadas por los integristas en Argelia por haberse negado a llevar el velo, todavía está presente en sus mentes, como también las vejaciones y enclaustramiento que sufrían las mujeres en Afganistán a manos de los talibanes, prohibiéndoseles asistir a la escuela e incluso, acudir a los servicios médicos.

[13] Hay una verdadera occidentalofobia por parte de los integristas que quieren a toda costa imponer el velo a las mujeres, ya que aprovechan la libertad democrática para desafiar la igualdad entre los ciudadanos (Naïr, 2007).

[14] Karl Popper (1981:512) formula “la paradoja de la tolerancia”, que implica no ser tolerantes con quienes no lo son, encontrándose similar planteamiento en Milton y Locke, para quienes “la tolerancia no debe extenderse a los intolerantes”.

[15] Como consecuencia de la ley francesa, mas de 300 mujeres que portaban hiyab o burkha fueron  detenidas por la policía, llevadas a juicio y multadas. En un caso una vicealcaldesa socialista se negó a casar a la contrayente por  infringir la norma y concurrir velada a la oficina de matrimonios.